sábado, 4 de mayo de 2019

Un modesto comentario


Héctor Edgard Trejo

UN MODESTO COMENTARIO SOBRE EL POEMARIO «QUE EL FUEGO CONCLUYA SU MISTERIO» DEL ESCRITOR RENÉ OVIDIO GONZÁLEZ

(Primera parte)

«Habrá mucha poesía tirada al viento; habrá mucho insomnio y quizá muchas pesadillas»

La poesía es como ese pájaro azul que el divino Rubén con su fino olfato de poeta universal adivina en las intimidades de aquel bisoño de la poesía, compañero de bohemias llamado Garcín si no mal recuerdo su nombre. Ave incisiva que con sus aleteos de fuego, pretendiendo escapar al mundo azul del universo, abrasaba las fibras sensibles, entrañas de carne humana, aprisionando alas y gorjeos. Había que dejarlo escapar, pero no de ese modo que lo hizo Garcín, posiblemente sospechando que no regresaría.

Los Garcín que confiadamente lo liberan, saben siempre de su retorno, y el corazón y la mente y el espíritu saben de estos regocijos y el poeta vuelve a ser protagonista de nuevas y grandes aventuras espirituales: Poesías de trino y colores que, en alas de una estrofa llena de azul, sugerencia de profundas emociones, sentimientos inesperados, alas de ilusión que son como latidos en verso, se muestran oferentes al intelecto universal. Es un decir a la gente que mi pájaro azul vuela libre en mi poesía que late en mi corazón y en el universo mismo; que palpita en mi cerebro, lo mismo que inunda con su arcoíris pintando de azul las más profundas oquedades del universo entero.

La inspiración es un fuego que quema por dentro, fuego purificador, fuego que tiempla el filo de la espada. Pero hay que rescatar del fuego los diamantes aun incandescentes. Sean diamantes, rubíes o topacios de fulgurante luz, no deben apagarse nunca: piedras preciosas, lingams de poesía nueva que incendien el mundo radiando amor, que es la alegría de vivir del hombre, y que el fuego concluya su misterio.

La inspiración, sinsonte, ruiseñor o chiltota, arrullo y color anidando en la conciencia del poeta incuba en fuego fecundo las más insólitas premoniciones… soplos de vientos antiguos como dice Ovidio pero no el Ovidio clásico, si no el Ovidio de las profecías poéticas, el contemporáneo que a su vez es la poesía misma en sus visiones concretas de dolor, de angustia, de soledad; imágenes que escapan ente las grietas de los tiempos idos, escenas que irritan la memoria, imágenes incisivas: dientes acerados corroyendo la conciencia; angustias y acontecimientos que se niegan a ser devorados por el tiempo.

Pero hay también imágenes de muchachas que se cuelan en el borbollón de los recuerdos; muchachas de aquellos tiempos en la estación. ¡Quién sabe si vendrá, quizá no venga! Es igual, porque no hay promesas y quién sabe la esperanza puede quedar solo en sueños, en pensamiento, en soledad resignada… Evocación de recuerdos agotados, de lo que es seguro y lo que no se sabe, porque no hay ni cartas ni llamadas y lo peor, no hay poesía que encienda la hoguera con palabras ardientes.

Sin embargo, la poesía de Ovidio, Ovidio González, brota de la geografía… borbollón de imágenes incrustadas en la distancia en el reflejo del fuego de la luna, golondrina extraviada en la esquina silenciosa del bohío; la carta no contestada, la compra de miradas, de corazones y pies desnudos a precios de millonarios; la insistencia del retorno a los juegos de la infancia, bajando por los escalones de cristal; miradas de muchachas que nos hacen despertar a la realidad del tiempo sin retorno. Pero la espera es real como lo es también la ausencia y el silencio.

La poesía de Ovidio… esta poesía, arde con el fuego existencialista de Sartre, la angustia del parto creativo y el temor de quedarse sin decirlo todo. La angustia de la despedida, el llanto de la ausencia que salpica al viento ligero que trae de nuevo el recuerdo de la muchacha lejana. Pero en el recuerdo hay vida; vida de la mariposa dibujada en el viento; vida en la verdad que se llevó con ella, en el tiempo arrancado que se fue volando en alas del tiempo; la esperanza del retorno hecha poesía; la espera en la ventana, el ansia de volver a caminar los pretéritos caminos en el silencio de las edades tope para dejar que el fuego concluya su misterio en las cenizas del silencio, donde todo concluye al polvo hay que regresar.

La angustia del retorno está siempre presente en la poesía de Ovidio: poner el tiempo en retroceso y detener la vida en los momentos del ayer para ver desde un escenario del momento, los cuadros más sentidos del drama del ayer inolvidable. Es hora de decirlo: angustia tamizada en el gozo poético de decir lo que no hemos podido gritar a los cuatro vientos sobre el cansancio ancestral en las raíces del árbol generoso de donde brota la savia elemental de esta poesía que bien podría ser distinta, distinta de vaguedades; pero así es. Los poemas brotan con atropellamiento, fluyen inoportunamente vacíos y se niegan a decir la extraña realidad de una vida que consume sus anhelos persiguiendo utopías, anzuelando quimeras. ¡Qué fácil le resulta decir estas cosas a Ovidio! Los versos no se sueltan, revientan explosivamente, aceleradamente, automáticamente como al azar y se resuelven en la mitificación del poeta: estatua de sal.

Todo encaja en el automatismo psíquico de Breton: fundamento del surrealismo estético que se expresa en esta poesía gratamente compleja y sugerente. Las pesadillas son revelación de los días de hiel intolerables; los días y las noches estacionarias en la espera, es solo que el insomnio está pariendo desconsuelo, desesperanza en el terco renacer de un porfiado anhelo; es solo que el fuego no ha concluido su misterio y todo escapa despavorido. Las ideas que fluyen en la mente, huyen también mientras los perros de la noche fugitiva mordisquean el silencio con sus aullidos nerviosos. Mañana, con el sueño aun mordiendo los párpados reincidentes aun soñando con ellas, volver macilentos al trajín del pueblo y de los tiempos que solo en sueños y a veces en pesadillas regresan a la mente para volver a ver las muchachas que ahora sin saber quiénes somos, hurgan en sus memorias perturbadas preguntando: ¿Quién será? Pero en el delirio de muchachas hay una, y solo una que alumbra el subconsciente y revive días extraños de soles incandescentes, sin entender la agonía de poeta, sigue negando la esperanza táctil y emotiva de manos que se funden, piel que se hace una en la diversidad de dos anhelos. Las imágenes desfilan una a una y se pierden, y la tristeza como un nubarrón de tormenta envuelve la ciudad y solo queda el corazón con su empeño fallido que más parece una locura; locura pertinaz de volver a la ventana angulada. Al frente los rostros se apiñan. Van llegando y pasan sin saber del escrutinio de unos ojos abiertos para una interrogante que no tiene respuesta, la ventana, el secreto bien guardado, solo queda en estas letras temerosa también de ser negada.

Es hora de refugiarse en el dolor, el dolor de lo que pasó en las manos que se juntaron y se hicieron una en el momento de los anhelos fallidos. Pero en este dolor hay también resignación a la esperanza que se niega y hay fe en el retorno por el mismo camino; retorno de risas de hermanos y amigos que se apagaron por la ausencia de la mujer amada que también llegará oferente con su carne, con sus huesos… y la ausencia solo será una imagen de las ansiedades derrotadas, y el dolor se irá diluyendo con las lluvias de un junio de hoy. Pero este llegar es un futuro impreciso. Habrá mucha poesía tirada al viento; habrá mucho insomnio y quizá muchas pesadillas, mucho viento habrá retozado levitando en torno a la ventana que muchas veces ha visto secar las lágrimas de la esperanza perdida en esta ciudad que hoy se cubre de pasos extraños. La esperanza de que te hayas ido sin quererlo y que solo haya sido un arrastrar de vientos fuertes que te acercaban y alejaban al mismo tiempo y otras tantas razones elucubradas anteriormente: sospecha de valladares o prisiones, y con los vientos del verano incitando al vuelo, como el papelote que revienta el hilo y se remonta en la azulada inmensidad, tal vez quiso marcharse con los vientos del verano.

Pero la puerta se abre y el fuego está encendido con la perseverancia de una premonición renuente. La renuncia franca a las mutuas culpabilidades y rebeldías abrirán esa ruta del retorno a pesar de las lágrimas y las prolongadas angustias. Esto es un despertar a la recuperación del mundo cotidiano, volver al yo de las propias sospechas como alguien que regresa de un largo viaje por los portales del tiempo y descubre que hay un mundo que es el de él y de su propia realidad, que hay lluvia en mayos y junios colmados de flores y mariposas, que hay poesía blanda y húmeda y que esa es su propia poesía, obstinada, impetuosa y algo más… el confesionismo, sugerencia de grandes sentimientos y valores. El intimismo de esta poesía es sencillamente invasivo. Tiene un poder de penetración en la conciencia ajena extraordinario: la intimidad de los días aciagos en el pueblo aquel, el vacío de los que se han ido y las premoniciones dolientes de los que ya están por irse; la ceiba fulminada por el hacha arboricida y hasta la fuente de aguas cristalinas que se vertían en un remanso oferente por el mismo corazón de Santa Elena. Todo lo que antes era, ya no es o simplemente es una sombra de lo que fue antes. La Patria entera ha cambiado, pero sigue en pie y los arboles sembrados en el patio, añosos y encorvados aun rebosan de nidos que fueron la poesía de ayer. La patria limpia y perfumada de las ventanas invadidas por pájaros que gorjean y su canto se confunde con las risas de los niños, en sus lechos reconstruidos en su esencia, en una patria nueva para vivir de nuevo y para morir en la poesía, en la flor de la vida: “Si muero hoy, no quiero flores, ni quejas ni llanto de nadie; quiero mis manos húmedas y tibias, abiertas y ansiosas por unirse a las tuyas. Quiero tus ojos extrañados, tempranamente cerrados. Quiero la canción que yo te decía; quiero rebelde ganar el combate al olvido; si muero hoy, quiero tus nueve grafías, tus nueve alegrías, tus nueve meses crecientes; quiero tu voz enredada en mi boca, tus silabas dulces, sonoras; quiero que cantes, que cantemos la canción del futuro sin nosotros, del fruto permanente para todos, del ejército de hijos nuestros, rebelados. Quiero que cantes conmigo, la canción que yo te decía”.

sábado, 20 de abril de 2019

Verde que te quiero ver


(Poema)

René Ovidio González

Sobre esta piedra edificaré mi idea.
Sobre esta idea: mi sol y mi lluvia,
mi mítica esfinge inmutable.
Sobre el desierto de la sinrazón
pintaré el esmeralda del agua
con pinceladas de luces y de alegrías.
“Verde que te quiero ver…”
Verde agua volcánica, sugestiva,
verde azufre en boca de verdoso risco.
He ahí esa imagen mía que ya no será mía:
acrobático esplendor de lumínica tea,
nítida efigie nativa, piedra en la piedra,
vívida arcilla en milenaria arcilla,
perdurable estatua en sulfúreo aliento.
Impúdico bronce tenaz y sonoro
de rostro barbado y de risas…

sábado, 6 de abril de 2019

Don Toño



(Cuento)

René Ovidio González

Nos acercábamos haciéndonos los locos. Explorábamos cada espacio: detrás de la ceiba, los lavaderos públicos de mujeres sin indicio de vergüenza, desnudas de la cintura hasta las nubes; los baños mugrientos para pobres, oscuros y con olor a jabón de aceitunas; las pilas, que descritas desde nuestra cortedad de chiquillos decíamos sin saber que eran tanques infinitos… En estas largas pilas aguaban su ganado los campesinos, llegados de la diversidad de cantones y caseríos del municipio. Y en estas mismas pilas probábamos las habilidades acuáticas propias y las ajenas: aquí divertíamos el instinto de nadadores extraviados entre las vacas hasta que alguien anunciaba a galillo abierto la mala noticia:
―¡Don Toño!
Empleado ahí, don Toño se convirtió sin quererlo en habitante sempiterno del lugar. Su aspecto enjuto y la carga de los años, su rostro aindiado heredado de antes y su cabeza entrecana de sombrero vueludo, no habría provocado tanto horror en la cipotada, de no ser por el corvo envainado, inseparable y característico. Lo apodábamos por pura chabacanería con su verdadero nombre prolongado por un apelativo corriente de agua que corre y va corriendo en carreras crecientes a caer al mar: Toño Río. Lo veíamos como un viejito cascarrabias, clasificación derivada de su celo casi obsesivo por mantener a salvo las pilas, que sin duda alguna nosotros utilizaríamos, en el paraíso terrenal o en el paraíso celestial, de piscinas…
Más aún: le causábamos otra incomodidad al anciano: muchas veces usábamos los chorros para las carretas, de duchas sin regadera. Cada tubo expulsaba un borbollón de agua que nos golpeaba; entonces disfrutábamos poniendo la espalda o el pecho. El agua así se desperdiciaba y formaba correntadas que peleaban por llegar lejos, pero que, pasando cerca del Rastro Municipal, iban a dar con supremo esfuerzo a alguna charca podrida de una quebradita conocida.
Debido a la amenaza de los sapos que se inflaban como globos al vernos entrar a los baños para pobres, a veces nos bañábamos en los tanques, al aire libre, rodeados de ganado hostil y peligroso. Pero tanto va el cántaro al agua que casi nos volvíamos terneros, no decimos chivos, por las diferentes y variopintas interpretaciones que pudieran surgir de esta ingenua palabrita, lo que nos obligaría a refutar lo interpretado. Nos veríamos entonces en el penoso caso de recriminar a los malos intérpretes, lo cual provocaría una guerra de explicaciones que tal vez nos crearía enemistades sin necesidad y nos quitaría el sueño debido a nuestra actitud pacifista por naturaleza. Y no solo esto, sino el tiempo deseado para continuar la presente narración que narramos sin pretensiones gramaticales ni lingüísticas rigurosas.
Quisimos decir antes, que las vacas nos empezaban a ver como de la familia, de la propia especie y nos dejaban en paz siempre y cuando no las provocáramos, es decir no nos moviéramos mucho. Aquí entendimos por vez primera y mediante la observación minuciosa que las vacas, y los toros también, no embisten al color rojo por ser rojo, tal fue la creencia que durante años creímos porque así se nos explicaba y por lo que no usábamos camisas rojas, o gorras rojas, o capa roja como la de los toreros, y menos llevaríamos una bandera de oposición a las vacas. Nos convencían que las bestias embisten lo colorado, que sería mejor alejarse de ellas si se anda colorado. Bañándonos entendimos que el ganado arremete contra el movimiento, embiste la movilidad, ataca la inteligencia, por no distinguir el tinte…
Un día, confiados en las antiguas creencias y sintiéndonos de cualquier color menos del color condenado por la opinión pública, empezamos a hacer un relajo lanzándonos guacaladas de agua y chapoteando con las manos en los tanques. Ignorábamos que el vaquero se distraía en los lavaderos, olvidado por completo de su ejército de bravos animales. Las vacas se pusieron de acuerdo y organizándose armaron un cerco de cuernos y de patas alrededor de nosotros, dispuestos los unos a cornear y las otras a patear. Nos asustamos tanto que para contarles el modo de salir de aquel atolladero, tendríamos que mentir, pues no supimos cómo. Don Toño apareció de detrás de la ceiba mofándose de las aflicciones de los chapoteros. Por eso después nadie nos sacó de la cabeza de cipotes sin experiencia, que don Toño fue el autor intelectual de aquel susto del demonio. Decidimos como respuesta vengarnos, y de dos en dos nos íbamos en días propicios a la cita con la venganza.
El proceso seguido el día que nos tocó fue rutinario. Llegamos con Evaristo, revisamos, abrimos bien los ojos para convencernos y estar por completo seguros, y al final lo estuvimos sin temor a ninguna equivocación: no hallamos señales del viejo. Serían las cuatro de la tarde. Pusimos la ropa por ahí y nos investimos del complejo de peces de agua dulce. Competimos a ver quién se mantenía más tiempo sin respirar bajo el agua, quién avanzaba chapaleando más, o quién braceaba con mayor rapidez de aquí para allá o de allá para acá. Nos lanzábamos del muro emulando a Jim de la Selva o al mismo Tarzán de los Monos. En cada clavado sacudíamos la cabeza de manera que el largo cabello empapado salpicara el universo: éramos tarzancitos precoces en tiempos de hambre…
No nos fijamos que el bravucón de don Toño llegó con una velocidad inaudita a nuestros trapos. Nos quedamos helados, pero reaccionamos horrorizados porque el viejito ya iba encima, con la ropita ajena bajo un brazo y con el machete ―envainado, por supuesto― al aire, ansioso de darnos una tunda inolvidable; sus años de viejo nos dieron el tiempo suficiente para emerger ahogados de aquella trampa para olominas y solo alcanzamos a distinguir los rastros revesados de sus furiosos improperios: !óirap sol euq erdam  us ed sojih…¡
Corrimos desnudos por las calles medio desiertas. Corríamos tapándonos las partes avergonzantes, pudorosas, pero destapados del espíritu y por qué no decirlo: molidos por semejante humillación a pesar de nuestros escasos años. Al mirar correr a mi compañero en medio del desorden de la escapada, con don Toño queriéndonos medir la espalda con aquella vaina traicionera, cavé un huequito en los destrozos del acoquinamiento para rellenarlo de humor:
―Tiene corrido de foca…
Solo mencionamos el suceso el instante en que un hermano de Evaristo, a la vuelta de muchos años confirmó el hecho contundente de que los amigos que nos vieron correr desorientados, aún no lo olvidaban y preguntaban por qué la historia no se plasmaba en un cuento. Con mayor razón hoy que se tenía la certeza de que Evaristo no volvería de la guerra, a la que se incorporó con ilusiones indecibles, pero dispuesto a lo que viniera y por desgracia para él, se asegura, vino. ¿O solo fue que fingió todo? Algo huele mal por ahí.
Entonces buscamos con el auxilio de la memoria encantadora el momento preciso que confirmó, adelantándose a las especulaciones, lo que varios ex compañeros de estudio de quien narra y   testigos de la carrera de los pelados, extrajeran de las profundidades recónditas de los recuerdos empolvados:
“Evaristo y yo habíamos ocultado el hecho por largo tiempo. Mas cuando el andar de los años sepultaba los recuerdos rotos en la memoria y era casi inevitable morirse de olvido, mientras escuchábamos la homilía dominical en una radio costarricense de onda corta, en vivo desde Catedral, supimos contra nuestra voluntad que aquel exclusivo momento permanecería vivito y coleando para siempre en las aguas de la memoria unánime:
 ―¡Caramba!- dije nada más porque no hallé qué decir―. Quién lo creería…
Evaristo, atento a la radio todavía, suspendió por un momento su trabajo en la máquina de coser, sonrió sin verme. Luego siguió dándole al pedal…”


 

sábado, 5 de enero de 2019

Leónidas, llamado Jesús


(Cuento)

René Ovidio González

Le decíamos Chompipón, no voy a mentir que cariñosamente, más bien era por incomodarlo. A mí me daba mucha risa verlo correr encogiendo y estirando su cuerpo enorme, en movimiento ondulatorio, cuando jugábamos al fútbol en la cancha de atrás del Instituto Nacional. «Parece chompipe»,  opinaba alguien. «¡Pero un chumpe grandulón!», remachaba otro bromista. En verdad era un gigante, un gigantón inofensivo y llevadero.
     
Cierto es que a Leónidas no preocupaban aquellas chanzas de sus compañeros. Él estaba dedicado a otra faena trascendente y peligrosa: se convertía sin vacilar en insurgente. Había quienes le acompañaban en tal ejercicio formando movimientos de agitación política, sublevando al estudiantado, volanteando propaganda de las organizaciones.
     
Recuerdo aquella vez, yo de trasnochador: iba pasando por un costado del parque y de súbito escuché un soplido apagado y vi una verdadera nube de papeles esparciéndose a mi derredor. Al intentar descifrar lo que ocurría vi a Nel Funes y a Leónidas que escapaban sosegados de la escena. Ambos me hicieron señas para que yo desapareciera.
     
Fue al pasar el tiempo que Leónidas conversó conmigo acerca de sus asuntos. Mostró entera confianza. En varias oportunidades hablamos y en una de ellas yo señalaba estábamos en una banca del parque a pocos pasos del amate inclinado la inconsistencia de un compañero, del que no recuerdo su nombre pero que quizás se llamaba Patricio, pues le decíamos Pato. ¿O era por su manera de caminar y su aspecto típico de palmípedo?

«Mirá, Leónidas», le reclamaba yo. «Si ese Pato fuera rebelde tantito siquiera, no hubiera salido con eso»

El tal Pato abandonó sus rebeldías y de inmediato se metió a una organización burguesa, asociación localista que aludía a lo cultural, pero que en la práctica su rol era promover bailes y recaudar fondos a saber para qué, y que tenía otra forma de ingresar dinero a sus arcas: la sala de billar que funcionaba donde antes fue la Tienda La Palmera…

«Si ese que yo digo tuviera una pizca de consciencia, no estuviera ahí», insistía yo señalando al sitio donde funcionaba el billar. Y vaya usted a saber: por aquello de las carambolas el aludido palmípedo se asomaba a la puerta, echaba sus miradas a la calle, y viéndonos de reojo se hacía el pato. Supuse entonces que Pato era casero del billar, y que lo movía la paga, sería pues una forma de empleo…

«¿Y la lucha qué ondas?» «¿Valió pinga?»

«No lo interpretés mal, yo lo entiendo de otro modo», dijo Leónidas con calma. «Un revolucionario igual que cualquier persona en su vida cotidiana, tiene altas y bajas, requiebros, dudas y obstáculos». «Es probable que a Pato lo hayan amenazado, tal vez su situación monetaria es crítica y necesita tiempo para resarcirse, o será que no logra los niveles de claridad…»

«O es un charlatán o es un vil traidor, así de simple», dije tratando de contrarrestar sus argumentos.

     
Leónidas sonrió, y tras una pausa agregó cogiéndose de su idealismo:
     
«Estamos hablando con él, no sabemos lo cierto», dijo. «De lo que sí puedo dar fe es que si algo nos llegara a pasar en esta lucha que libramos, estando él retirado, Pato va a llorar, te lo aseguro».
     
Un día me di cuenta que los tiempos corrían aprisa al enterarme que Leónidas Bonilla Maravilla, el comandante Jesús, caía con sus ideales al hombro y abonaba de sangre el suelo patrio. 
    
«Chusón ha muerto», me dije, no sin consternación, sintiendo caer en ráfagas de tormenta los versos del cubano Silvio Rodríguez:
                       
                     Supo la historia de un golpe,
 sintió en su cabeza cristales molidos.
 Y comprendió que la guerra
 era la paz del futuro.
 Lo más terrible se aprende en seguida
 y lo hermoso nos cuesta la vida…
  
No sabré jamás si Pato lloró al conocer la noticia de la muerte en combate de Chusón. De lo que sí puedo ser asertor es que tanto Leónidas como otros luchadores por la libertad y la justicia, debieron vivir más sus vidas valiosas. Sus muertes duelen en la profundidad del recuerdo, envueltas en las franelas de la amistad, de la juventud alocada, del sufrimiento lastimero y las privaciones habituales. Pero también de las mofas, las insolencias y los motes agudos lanzados cual dardos de alegría. Recuerdos irrenunciables de tiempos impresionantes.


Ilustración de Fredis González.


sábado, 1 de diciembre de 2018

A lo lejos



(Poema)

José Víctor González

A mi amiga Marta
(San Francisco Gotera)

Más allá de tu sonrisa en calma
ilumina el horizonte tu mirada,
incendiando internamente una alborada
así como se incendia el alma.

Incendio es poesía desde luego
quemando las escorias que fabrica
la pasión que mata y mortifica.

Luz superior que se convierte en fuego
que reduce a cenizas nuestro ego
que libera el alma y purifica.

Después todo brilla como brilla el universo
todo rima y todo gira como entonces,
tu sonrisa que se mezcla entre mis versos
tu mirada regresando al horizonte…



José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.

sábado, 6 de octubre de 2018

Compañera

   


(Cuento)

René Ovidio González

Ella le dio en bandeja las montañas, y las noches frías bajo las estrellas; las tardes mojadas por la lluvia, las caminatas eternas sembradas de abrojos, la sed fatigosa a pleno sol… Compartió generosa con él los pedazos de lo único que quedaba: la utopía.

Aunque sabía hacerla, él adivinaba que ella no había inventado la guerra y que el ardor de sus llagas la agobiaba…

Entonces dijo desbordado por la emoción: «Ven compañera, alivia la carga que llevas, libera un poco la presión de tus botas. Ven compañera, cantaré tu himno y curaré tus heridas…»



Fotografía: de una publicación de Daniel Guevara, en Facebook.


sábado, 1 de septiembre de 2018

A popo chin: una tradición perdida


(Relato)
José Víctor González

Continuación...

Eran un poco más de las diez y media cuando decidí retirarme del lugar para dormir un poco, no sin antes aventarme un par de tamales y una taza de café de palo que ya comenzaban a circular; pero allá por la madrugada, por vivir tan cerca, entre dormido y despierto, hasta mis piadosos oídos llegaban las tristes notas de una canción: “Sombras nada más” ...

Agarré mi cobija y me arropé de pies a cabeza, ya que se decía que muchachitos como yo, no debían andar viendo fallecidos, pues en la noche venía el muerto (o la muerta) y le halaba los pies, y así, <embozado> como estaba, tenía la esperanza que no me pudiera encontrar...

Al día siguiente, durante toda la mañana, en las alas del viento viajaba la música y sus notas llegaban muy lejos; en el medio ambiente circundante se dejaban oír las conocidas notas de aquellas melodías que impactaban el alma: “El amigo que perdí”. “¿En qué quedamos pelona...?” (¿Me llevas o no me llevas...?), “Te vas, te vas…” (¿por qué te vas...?).

Yo almorcé como de costumbre y más tarde me preparé para seguir observando aquel evento que me tenía realmente desconcertado. El viejo reloj de la torre del antiguo Cabildo marcaba exactamente las tres de la tarde cuando decidieron levantar el féretro; pues habría misa de cuerpo presente; sus hijos se aferraban al mismo con el supremo dolor del desprendimiento, mientras afuera ya esperaba la Banda tocando aquella canción cuyo nombre no recuerdo pero que tiene un versito que dice así : “...abrázame fuerte porque me voy”.

A estas alturas yo no sabía quién le dedicaba las canciones a quién, pues parecía que unas iban de parte de los familiares para la fallecida, pero otras parecían venir de parte de la fallecida para aquellos que la rodeaban en vida o los que andábamos de mirones.

Como quiera que la casa mortuoria se encontraba muy cerca del templo parroquial, en cuestión de segundos dio inicio el servicio religioso. La Banda se calló por un momento pues allá arriba, en lo más alto, resonaba majestuosa La tercera Sinfonía...

Mientras dentro del templo se escucha la voz del Padre diciendo entre otras cosas: <Oremos hermanos por el eterno descanso del alma de quien en vida fuera nuestra hermana M. viuda de R., quien se ha quedado ahora dormida en la paz del Señor...> <Hermanos, únicamente el Cristo es quien puede conducirnos de las tinieblas a la luz, de la muerte a la inmortalidad...>,      <Roguemos también hermanos, por todos aquellos que murieron con la esperanza de la resurrección... Señor no mires nuestros pecados sino la fe de tu iglesia...>, <Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la luz y muy pocos son los que lo hallan>, <Hermanos, solamente naciendo el Cristo en nosotros podemos alcanzar la resurrección>. ¡Podéis ir en paz!

La misa terminó, y el cortejo fúnebre se fue a recorrer algunas calles de la ciudad; como se decía en esos tiempos <a dar el último paseo>; la Banda acompañaba solemnemente con una preciosa melodía: “Espérame en el cielo...”

Mientras tanto, una multitud de curiosos se fue formando al final de la cuadra donde estaba la  Escuela de Varones (mejor conocida como “la 14”), entre los cuales estaba yo.

De pronto, allá por la fuente se dejaron ver algunas gentes y se oía el “a popo chin” de los músicos (como solía decir un tío mío), cuando alguien se apresuró a decir: ¡Allá viene ya...!  ¡Allá viene la carroza...! ¡¡¡Ya se acerca la carroza funeral...!!!

Y yo me dije para mí mismo: ¡¡¡Ay, ay, ay, cuánto hiere este dolor musical... !!!

El cortejo funeral pasó lentamente por enfrente de nosotros y se perfiló rumbo al sur; varias cuadras se llenaron y yo seguía tan impresionado como al principio. Sinceramente nunca vi en mi vida tanta gente acompañando un entierro.

El carro fúnebre giró a la derecha una cuadra antes de La Cruz del Perdón y se enfiló rumbo al estrecho puente buscando alcanzar su destino inexorable. Un río de gente iba detrás, en silencio, despacito, muy despacito, cuesta abajo en la pendiente...

Tan lento era su andar que por un momento creí que hasta se habían detenido, pero no, continuaron descendiendo por aquella vía dolorosa; pero la que sí no paraba era la música, pues ante la proximidad del Cementerio Municipal arreció como cuando estalla una tormenta en lo tranquilo de una noche cualquiera, con truenos y relámpagos, haciéndonos estremecer de aflicción en lo más profundo del alma.

Y se destaparon con una seguidilla: “Dolor de ya no verte”, “Pa'qué me sirve la vida”, “Las golondrinas”, “Cruz de olvido”, “Cuando un amigo se va”, “Hasta la tumba mujer”, “Dos coronas a mi madre”, “La retirada”; incluyendo también a “México lindo y querido”.

¡Cuántas canciones para celebrar la muerte! Mientras cuando nacemos solo hay llanto...

Era intensa la emoción tanto como mi oración... sí, porque yo rezaba para que a esos músicos no se les fuera a ocurrir en su frenesí, tocar “Que se mueran los feos”, “La india Motilona”, “Chambacú”, o “El himno a la alegría”, ¡pues ahí, cualquier cosa podía pasar...!

Un carcomido portón de madera nos recibió abierto de par en par en el Panteón, el carro se estacionó al frente del mismo y sacaron el ataúd para ubicarlo enseguida en la entrada y abrirlo por última vez.

Había tristeza reflejada en la cara de las gentes y angustia en todos los corazones; y si te digo, amable lector o lectora, que aquel tétrico portón aun en pleno mediodía inspiraba temor y desconfianza y daba pánico mirar hacia dentro del Camposanto, aunque hubiese sol, ¿me creerías...? Solamente faltaba encontrar en su parte superior aquella frase que halló el Dante a la entrada del infierno: "Vosotros que entráis abandonad toda esperanza...", ¡pero no! Aquí no estábamos a la entrada del infierno ni mucho menos... solamente era la entrada del Panteón Municipal.

Jovis Pater (Padre Júpiter, Jove, Juve, Dios mío) iluminadme... Musas del Parnaso inspiradme para terminar con elegancia este relato...

Y luego, es fácil adivinar el final:

Dramáticas escenas de dolor, llorar a carcajadas, desmayos y lamentos... y yo, para mí mismo pensaba: ¡¡Extrañas gentes son estas...!! ¡¡Extrañas sus actitudes...!! ¿Qué es esto de acompañar un sepelio con canciones...? “Reír llorando” como decía Garrick.

¿Por qué será que los seres humanos vamos riendo donde deberíamos ir llorando y vamos llorando donde deberíamos ir riéndonos...?

Mientras, la Banda seguía con sus arpegios tocando lúgubremente: 'Ya ni llorar es bueno'.
En el horizonte, ya la estrella vespertina asomaba con su luz e inevitablemente había que ponerle fin al evento.

El féretro fue colocado en su sitio final y mi estimado amigo H. M.  quien también era un niño y muy poco entendíamos entrambos lo que estaba sucediendo, parados los dos bajo el árbol de clavellina me dijo: ―La última y nos vamos..., fue entonces que la tan llevada y traída Banda Regimental, decidió ejecutar aquel bello arreglo musical que inmortalizó Germaín de la Fuente y Los Ángeles Negros que dice así:  “Murió la flor...” (y en mí , su esencia se quedó...) ¡Chin Chin...!  



José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.