sábado, 19 de diciembre de 2015
martes, 10 de noviembre de 2015
A la medida del capitalismo
(Opinión)
René Ovidio González
A diario se intenta establecer corrientes
de opinión para incidir en el ánimo del público, y es difícil, ciertamente,
dilucidar si las aseveraciones son reales o si, por el contrario, son
simuladas. La gente tiene la tendencia de “cuadricular” a un individuo, a
menudo por lo que dice a secas, creyendo que lo que dijo lo dijo bien o lo dijo
mal y no por lo que dice entre líneas. También se “cuadricula” por lo que unos
cuantos dicen que ha hecho, pero aún más por lo que aquellos “con mayor
calificación” que las plebes expresan de tal o cual personaje ya sea de la
farándula, la política o el deporte. Y más cuando se trata de medios noticiosos
“especializados”…
Así, el mundo entero caracterizó a Osama
Bin Laden como el carajo más odioso y el mayor de los matones planetarios, pues
los señores de la guerra así lo pintaron. No se llama Osama ─eructaban
ciertos predicadores evangélicos desde sus púlpitos─,
su nombre es Osodia. Hoy sabemos que ese “odioso asesino” fue vástago bastardo
de los que por su imperialismo militar y económico se autoproclaman dueños del
universo. En otro momento un presidente yanqui, Franklin D. Roosevelt,
refiriéndose al dictador dominicano Leónidas Trujillo dicen que dijo: “Sé que
es un hijo de puta, pero es nuestro
hijo de puta”. Por supuesto: lo anterior pudo haberlo dicho igual de cualquiera
de los Somoza. O del dictador Hernández Martínez. Sin embargo aún en nuestros
días hay quienes añoran el somocismo en la patria de Rubén, y el trujillismo
por allá o el martinismo por acá…
Enrúmbense las miradas hacia el sur.
Quién no recuerda al general Manuel Noriega, enarbolando un agresivo machete,
golpeando furioso el podio desde donde proyectaba sus discursos
antiimperialistas. ¿Actuación? ¿Seguía Noriega como buen histrión el libreto de
un drama Made in USA? El mundo sabe
hoy que Noriega era así (vean esos dos dedos índices apareados) con los
norteamericanos. Y se preguntarán por qué el General ha estado preso tanto
tiempo. Elemental y diáfano: mal paga el demonche a quien bien le sirve.
Regrésese en avión y aterrícese en Macondo, llamado El Salvador, un paisito
de Centroamérica. Poco más de la mitad de la población pensó, durante la
campaña proselitista de 2014 y a pesar de la forma como lo “cuadriculaban” los
medios, que el candidato “de izquierda” a la presidencia de la República, iba
furibundo (colocarse bien los lentes: se lee furibundo no Farabundo), con un
mazo de decisión y honestidad, con los cañones de la eficiencia y la justicia,
a demoler los muros que tienen confinado al pueblo del Macondo en mención. Similar pensamiento colectivo envolvía cual
manto sacro a la “dirigencia” del “partido”. Las agresiones sistemáticas de
parte de medios impresos, o las tretas de corporaciones televisivas salvadoreñas, creando una relación mediática que les endilgaba conspiraciones
junto al gobierno bolivariano, sugerían que él y su “partido” eran quienes
debían ser: liberadores de este miserable pueblo hambriento de cambios y de
verdadera democracia.
Quienquiera sabe ahora, sin necesidad de
forzar su entendimiento, que agresores y agredidos caminaban por el mismo
andén, igual a una pareja que deambulara sonriente por el parque o la playa,
manoseándole la retaguardia el uno a la otra; no cuesta imaginar, dada la
variedad de indicios, que hoy los feroces rivales retozan gozosos, extasiados
de felicidad: mordisquean de la misma guayaba. La agudeza de la disputa resultó
fingida, pues las cartas habían sido echadas. ¿Y las plebes, qué?, creciéndoles
las barbas, todavía esperando que san Juan baje el dedo y entonces lleguen los cambios
prometidos. Ni aún teniendo escaso coeficiente intelectual se dejaría de
inferir: el señor mandamás y su “partido” están construidos a la medida exacta del
capitalismo.
Octubre 10 de
2015.
sábado, 24 de octubre de 2015
Borregolandia
(Cuento)
Fredis
González
Era un pueblito muy pintoresco situado en
la zona costera del país, sus ciudadanos vivían de lo que hubiera chance y
chance casi no había porque ya todas las plazas estaban ocupadas. El nombre de
Borregolandia lo obtuvieron por decreto legislativo varios siglos atrás, debido
a que por su plaza central se paseaba a sus anchas todo el tiempo una manada de
burros que entraban y salían como Pedro por su casa y algunas veces entraban y
se quedaban por tiempo indefinido y una vez dentro nadie se atrevía a sacarlos
porque quien quisiera hacerlo se exponía al escarnio público ya que los burros
eran considerados sagrados en aquel bonito pueblo, al igual que las vacas en la
India, con la única diferencia que hoy en Borregolandia las vacas producen
leche y carne para el sustento de los ciudadanos y los burros en cambio lo
único que logran es que los ciudadanos se contagien con sus burradas.
Las fiestas religiosas de aquel pueblo
eran muy alegres, lo mismo las fiestas deportivas con equipos de muy buena
casta de los que los poblanos se sentían altamente orgullosos; cuando se
realizaban las fiestas patronales o lo mismo cuando se efectuaba un encuentro
deportivo, la gente se ponía sus mejores parches para asistir, parches que
compraban con el dinero que les sobraba o quizás que les faltaba después para
comprar frijoles, porque es cierto, eran tan adeptos que se quedaban hasta sin
comer por asistir a uno de tales eventos; todo esto provocaba una gran
algarabía pero lo que más alboroto hacía eran las elecciones, ya fueran estas
presidenciales o municipales o bien elección de la reina de los festejos no
importaba, lo bueno era que habrían elecciones y aquello demostraba que el
pueblo estaba evolucionando, que ya no era el mismo de antes porque ahora sabía
utilizar los instrumentos que la democracia le proporcionaba, no importaba que
los candidatos o candidatas fueran los mismos y las mismas (me provoca estrés
esa nueva denominación de géneros) de siempre y que las elecciones se hubieran
convertido en una rueda de caballitos en la que se subían unos y otros por
turnos.
Y cuando alguno se emborrachaba de tanto
dar vueltas y de tanto tomar (lo que no le pertenecía) el que más aguantaba (el
más descarado diría yo) se quedaba por más tiempo y ya sabía que el candidato o
candidata para la próxima elección sería él mismo o ella misma y que solo
bastaba con regar la bola que el pueblo ya no lo quería por corrupto, porque
parece ser que al decir que un candidato es corrupto eso produce un estado de
frenesí en las masas adormecidas con el brebaje de la demagogia y les eleva la
adrenalina y terminan idolatrando al corrupto, al fin y al cabo ya la cúpula
partidaria había dictado su sentencia: “el candidato es el mismo”… y no se
podía contradecir la orden, había que seguir la línea y todo aquel que se
opusiera se convertía en piedra de tropiezo y tendría que ser eliminado a como
diera lugar porque ya lo decía la Biblia: “Ay de aquel que haga tropezar a uno
de mis pequeños, más le vale que se cuelgue una piedra de molino al cuello y se
arroje al mar”…muchos estaban dispuestos hasta a darle una ayudadita al
desdichado.
En fin, volviendo al tema de
Borregolandia, en tiempo de elecciones solo había que regar la otra bola que el
candidato esta vez sería don Bernabé R. y luego después desvirtuarlo diciendo
que dicho señor estaba loco y que “¿Quién quiere a un loco en ese puesto?”.
Estos rumores tenían que llegar a oídos de todo el mundo pero no a los de don
Berna, como se le conocía, pues él era una pieza esencial en el engranaje para
que la maquinaria siguiera funcionando y con la ventaja que no cobraba ni un
céntimo; solo era necesario hacerle unos pequeños sobornos al cura del pueblo
diciéndole que se le remodelaría la iglesia que tan diligentemente pastoreaba y
en la cual a su vez por influencia de los borregos mayores él se estaba
convirtiendo sin darse cuenta en un verdadero déspota con sus feligreses, él
mismo decía en sus prédicas: “¡Dios tarda pero no olvida hermanos y cuando sea
el día del diluvio de fuego, en la nave de Noé no se permitirán burros!”
Fotografía: de Wikipedia, "la enciclopedia libre".
Fredis González es colaborador de La piedra encadenada.
sábado, 10 de octubre de 2015
El día que llegó Cirilo
(Relato)
René Ovidio González
Nos reuniríamos en aquella casona antigua que
estaba por La Fuente, al rumbo por donde sale el sol, pasando la calle. El
compañero que me avisó del encuentro pidió estricta discreción al respecto.
«Viene Jehová Márquez Lizama», me informó con aires de misterio. ¿Qué clase de
dirigente era aquel que debíamos cuidar celosamente? ¿Quién sería ese Jehová mentado?
¿Su distintivo de deidad suprema era real o ficticio?
La estampa del joven que
entró saludando a medio mundo igual si saludara a viejos conocidos está nítida
en mi memoria. Tomó asiento frente a nosotros, cinco o seis asistentes,
estudiantes todos de bachillerato. Antes, había sacado su arma: metió su mano
bajo la camisa que andaba por fuera, en un movimiento rápido y seguro, ensayado
quizás, y puso la nueve milímetros en la mesita de enfrente.
Por su aspecto de muchacho muy bien tratado,
nadie hubiera tenido asomos siquiera de imaginar lo que él era. No sé si a
estas alturas del tiempo transcurrido yo altere sin intención las percepciones
vividas, pero puedo asegurar que lo vi pasadito de libras. ¿Y este gordito es
guerrillero?, pensé. Las dudas brotaban de los ímpetus de mi entender
impaciente.
«Soy Jehová, supongo les habrán informado»,
dijo de romplón. Y prosiguió aclarando detalles.
Explicó la coyuntura social y política del
país. Criticó la injerencia descarada y siniestra de los yanquis. Y defendió el
derecho de organización de la gente. En breves momentos yo advertí su
desarrollo intelectual y su audacia. Mientras él hablaba, y para sorpresa
unánime, en la emisora La voz del litoral
comenzó a oírse aquella canción de Los de Palacagüina:
La tumba del guerrillero
dónde, dónde, dónde está.
Su madre está preguntando, nadie le responderá.
La tumba del guerrillero dónde, dónde, dónde está.
El pueblo está preguntando, algún día lo sabrá…
«Esa va para nosotros», dijo Jehová
sonriendo. «Qué a propósito de la reunión, ¿no les parece?»
Se despidió, argumentando que tenía otra
obligación trascendente. Tomó el arma, la colocó en su sitio y se marchó.
Nosotros dimos continuidad a la sesión…
Años después yo había de recordar aquellos
tiempos pretéritos, cuando una noche al escuchar la radio de los rebeldes supe
la nefasta noticia. La radio daba a luz un parte de guerra de la Comandancia
General, en el que evocaban a combatientes caídos en las últimas batallas
contra el ejército de la dictadura. La voz pastosa del locutor detonaba sin
prisas las palabras, lastimadas pero firmes. Leía nombres de pila y seudónimos:
«Compañero Jehová Márquez Lizama, comandante
Cirilo: ¡Hasta la victoria siempre!»
Desde entonces yo busqué la canción de los
músicos nicaragüenses para guardar ahí el recuerdo. Ahora, cuando el tiempo
inexorable empieza a teñir de blancura mi ideario, surge la sinfonía de
imágenes, brota de los ríos inagotables de la memoria y se conjuga en el aire
añejo de aquella casona antigua, que ya no es. Y al cobijo de las ceibas
ancestrales y por las calles inveteradas del pintoresco barrio retoñan las
notas musicales, los ritmos, los ecos que desde el ayer, el hoy, y el siempre
escoltarán al compañero Jehová, o Cirilo, comandante insurgente…
La tumba del guerrillero dónde, dónde, dónde está.
Su madre está preguntando, nadie le responderá…
La tumba del guerrillero dónde, dónde, dónde está.
El pueblo está preguntando, algún día lo sabrá…
Uno no muere por completo mientras haya
alguien que lo recuerde. Honor a los héroes de esta tierra.
lunes, 7 de septiembre de 2015
La catorce
(Relato)
René Ovidio González
Yo estudié en La Catorce. Mi familia vivía
a unos cuantos pasos, cruzando la calle, de la entrada norte. Un inmenso portón
de madera se abría temprano de la mañana para recibir a los chicos. No había
chicas: era la Escuela de Varones “14 de Diciembre de 1948”. Esta fecha
rememoraba lo que en tiempos pasados y presentes fue y sigue siendo una
práctica común, un golpe de estado comandado por un tal Oscar Osorio, coronel
del ejército que se convirtió así en hombre fuerte del gobierno.
En 1966 inicié mis novedosos afanes
escolásticos. Tuve suerte. A muchos años de distancia paso revista mentalmente a
lo acaecido, y me siento privilegiado. Berta Alicia Amaya, maestra especialista
en enseñanza de lecto-escritura hizo mi bautizo como estudiante. Era una maestra
dedicada y muy cariñosa. En pocas semanas yo descubría un nuevo mundo, no el
invadido por Colón, sino uno nuevo de verdad: el de las palabras escritas,
palabras danzantes y felices coqueteando frente a mis ojos.
Un día yo dibujaba un precioso gato que
había sido colocado en la pizarra. Otra profesora llegó y al percatarse de la
fidelidad de mi dibujo se lo hizo notar a la señorita Amaya. Mi maestra con satisfacción
imposible de ocultar le expresó: “Este niño es mi artista”. En cierta oportunidad mi papá y mi mamá conspiraron en
mi contra: me pidieron le llevara flores a mi mentora en ocasión del día del
Maestro. Yo empecé a llorar, pues eso era, desde mi cabecita de niño pobre,
bastante incómodo para mí. Entonces apareció don Jorge Vargas Arévalo, el
director, salió a mi encuentro y me animó con mentirillas a llegar adonde se
encontraba la sonriente maestra.
Tanta historia guardada y en peligro de
extinción, pues nos hacemos viejos cada vez y nos morimos con los recuerdos
atados al ataúd. Una magnífica maestra me impartió clases después. Hablo de la
joven Sonia del Carmen Bran, en tercer grado ─Es
extraño: de segundo grado no tengo memoria alguna, ¡vaya usted a saber por qué!─.
El recuerdo que vive en mí es el de una muchacha hermosa, amable, pulcra en su
forma de vestir, usaba sus medias siempre, sus zapatos de tacón alto, sus
labios rojos por el lápiz labial… Cuando ella bebía el agua de un impecable
vaso de vidrio, sus labios quedaban delineados en la orilla del vaso, y a
hurtadillas yo con mi inclinación hacia el arte de pintar, auscultaba las
líneas, las luces y sombras de aquellos labios sellados en el vidrio…
La Catorce, como todos la llamábamos, era
un emporio de grandes mentores, de su fama de entonces, por la calidad de
enseñanza impartida, nadie se atrevería a dudar. Estaba ya en cuarto grado. Fue
por aquellos días que con alegría conocí a un Ministro de Educación y que
después supe era un buen escritor: Walter Béneke. Fachito Méndez, mi compañero,
llegó a mi casa dando muestras de cansancio por la carrera que llevaba, por el
esfuerzo: “Manda decir don Amílcar que te presentés a la escuela…” Don Amílcar ─Víctor
Amílcar Velásquez─, era nuestro profesor. Inolvidable persona. Él quería
que yo estuviera durante la visita del Ministro, pues yo ese día no asistí a
clases. Don Amílcar me brindó esa oportunidad: conocer no solo a un Ministro,
sino al primer escritor del que yo tendría noticias. Transcurridos los años me
topé con obras suyas: Funeral home, El paraíso de los imprudentes… El Sr.
Béneke fue asesinado tiempo después, igual que don Jorge Vargas Arévalo, arrastrado
por la ola de violencia que desde siempre abate a esta nación.
Desde luego, la violencia es una
predisposición innata en el ser humano. Mario Torres era mi compañero de
estudios. Había entre nosotros otro chico de apellido Joya. Perdónese el olvido,
pero no he podido dar con su nombre a pesar de que era alguien muy llevadero,
amistoso. Esa vez vi a Joya que se inclinaba hacia adelante, y vi luego chorros
de sangre que corrían por su rostro, cayendo en cascada sobre sus ropas…Es que
venía de un altercado con Torres. El último sacó de su bolsillo una gillette y con ella había propinado la herida
en la frente a su condiscípulo. Por la habilidad de Joya al evadir el navajazo,
este solo fue superficial. Mario Torres fue reprendido como correspondía.
En ese año sucedió la mal llamada “Guerra
del fútbol”. Pusieron a pelear como gallitos chingueros a dos pueblos hermanos,
todo por sacar ventajas políticas y económicas. Esa desdichada guerra que
afectó a salvadoreños y a hondureños nada tuvo que ver con el fútbol, ni con El
pájaro Picón. A propósito, la música de entonces estaba exenta de chabacanadas.
Las canciones de moda eran: La pareja
y el famoso porro de Pedrito lindo.
Lamentablemente este espacio es demasiado
limitado para relatar todos los sucesos que todavía pululan en los vericuetos
de los caminos cerebrales, relativos al cuarto grado de don Amílcar, y también
al quinto grado de la excelente doña Mary, o al sexto grado de don Beto, a
quien considero un héroe personal.
Estábamos ya en 1970. Ese año, el 13 de
junio, abandonó el mundo de los vivos Alfredo Pineda Alemán, mi abuelo materno.
La clase de la maestra María de los Ángeles Flores ─doña
Mary─, había impuesto una cuota de diez centavos cada
semana para fondos del grado. El recaudador era el compañero José Ildefonso
Cruz. Cuando Foncho se detuvo junto a mi pupitre, ella le hizo una señal de
“Sigue. No tiene dinero, su proveedor ha muerto”.
Una vez, doña Mary se ausentó durante unos
minutos del salón de clases. Foncho era el estudiante de mayor edad en el
grado, y el muy pícaro, se percató de un libro que la profesora dejó sobre su
escritorio. Lo abrió y sus ojos se iluminaron, emitió un gritito que a todos
nos dejó en suspenso, nos abocamos en derredor y ¡vaya!, era un libro de
posiciones sexuales, lo que según mi entender llaman Kamasutra. No era vulgar pornografía, simplemente era un libro con
un punto de vista científico…La pasábamos de maravilla, nos divertíamos. Foncho
era el más exaltado…
De pronto, ante el terror de todos, la
profesora entró por aquella puerta traicionera, que no avisó de su presencia.
“¿Y a ustedes quién los autorizó a que vean ese libro? A ver, ¿quién fue el
inventor?” Todos volvimos la vista al pícaro mayor, a Foncho. La maestra avanzó queriendo disimular una
sonrisa y tratando de mostrar enojo. Arrebató el libro a Foncho, le miró de
frente y dijo: “Tú ya eres mayorcito, ¿quieres llevarlo y echarle una ojeada?”
Foncho no hallaba qué responder. “Llévatelo y lo lees”, dijo ella. Nosotros
bien calladitos nos hacíamos los suizos en nuestros asientos.
El suceso del año fue el torneo de fútbol
mundial en México. En esta competencia universal participó el más destacado deportista
local, deportista insuperable hasta hoy día. Es natural que estuviéramos
felices por el acontecimiento. Aunque sufrimos tres derrotas al hilo frente a
Bélgica, a la Unión Soviética (Rusia) y al equipo anfitrión.
Pienso que se va comprendiendo por qué al
principio de este relato, acerca de la Escuela de Varones “14 de Diciembre de
1948”, yo dije: “Tuve suerte” o “me siento privilegiado”…
Llegamos a sexto grado. Por años el
docente calificado para este grado fue don Facho ─Eufrasio
Méndez─, era muy persuasiva la temida Carrera del mono aplicada por don Facho a los escolares
infractores. Pero por algún motivo jamás explicado, se nos asignó a don Beto ─Herbert
Gilberto Flores Joya─. Con don Beto hicimos excursiones fantásticas.
Visitamos un apiario en una finca de la sierra, jugamos fútbol allá arriba. El
viaje lo hicimos a pie, sirviéndonos de guía Carlos Orlando Arguera, estudiante
conocedor de territorio y atajos serranos. Eran épocas cuando no había
tropiezos por las calles de El Salvador, uno podía ir y venir sin contratiempos
ni peligros.
“Ve a mi casa”, me decía don Beto. “Dile a
Nohemí que vas de mi parte”. La familia de mi maestro vivía a media cuadra del
entonces Telégrafo. Esquina contigua a la tienda de don Roberto Lozano, es decir,
a unas tres cuadras de La Catorce, buscando al oriente. Yo llegaba y repetía al
pie de la letra el mensaje: “Vengo de parte de don Beto”. La señora, que
también era profesora, me invitaba a pasar: “Espera un momento”. Buscaba por
allí y luego me entregaba un corte para pantalón, o una camisa, o zapatos…
¡Carajo!, yo regresaba feliz con aquel tesoro a dar la buena nueva a mi casa.
Cierta vez llegaron unos señores de
camisas mangas largas y corbatas. Entraron unos minutos al grado de don Beto,
se identificaron como funcionarios del Ministerio de Educación. Preguntaron
quiénes de nosotros estudiaríamos el séptimo grado. Solo yo no levanté la mano.
Ellos tomaron nota y se marcharon. A los toques de campana para el recreo, don
Beto se acercó a mí: “Quédate un momento”, dijo. Me quedé y él me interrogó: “¿Por
qué no levantaste la mano? ¿No vas a estudiar? Dile a tu papá que yo te voy a
dar los libros de TVE, te voy a dar el uniforme…” y remachando su ofrecimiento:
“¡Tú no puedes dejar de estudiar, sería un desperdicio!”
Se avecinaba el año 1972 y había que pasar
a lo que recién se denominaba “Plan Básico”, dirigido por otro maestro de
maestros: don José Napoleón Martínez. Plan Básico que cambió su nombre a “Tercer
Ciclo de Educación Básica”, y que optó por un apodo conveniente: “Roberto
Edmundo Canessa”, en recuerdo de un excanciller de la República y también
excandidato presidencial, asesinado antes de tiempo.
Don Beto cumplió a cabalidad su
ofrecimiento. Tal vez hoy ya no lo recuerde, ¿habrá ayudado a muchos de la misma
forma que a mí? No lo sé, pero intuyo que así fue. Él para mí es un héroe que
me abrió las puertas a un futuro digno y honrado. Él me dio el impulso que yo
necesitaba. ¿Habrá maestros de esa misma estirpe hoy día? Es probable. O tal vez
no, pues es muy difícil alcanzar ese estadio. ¿Habrá centros educativos con el nivel
académico y la eficiencia de La Catorce de los años sesenta y setenta? Esa es
la pregunta del millón. Esta es la historia. Esta es mi historia y la de muchos
que con orgullo sano decimos y diremos: “Yo estudié en La Catorce”. La Catorce de don Jorge, la de don Facho, la
de don Amílcar, la de don Beto, la de grandes maestras: Berta Alicia, Sonia del
Carmen, María de los Ángeles... Esta es una historia que no morirá ni aunque la
maten.
sábado, 20 de junio de 2015
En junio
(Cuento)
René Ovidio González
No se explicaba por qué el deseo de
mantenerse metido en la cama a pesar del insomnio. La tibieza de las almohadas
lo tenía petrificado en un sopor de pensamientos inexplicables. En el rincón de
su abandono, cruzaban por su memoria las notas de aquella música remota de
tiempos pretéritos vividos junto a ella.
Afuera la vida se simplificaba: aquí,
la ansiedad de sentir caer y caer la lluvia del veinte de junio ―había llovido
toda la noche―; allá, la extensa playa entumecida por el frío de la madrugada;
enfrente, el mar −inmenso y misterioso− reflejando apenas la palidez de la
aurora que asomaba por el oriente; y más allá, lo ignorado…
Como impulsado por un resorte, se
incorporó tratando de atravesar con su
mirada la escarcha adherida a los cristales de su ventana. Movió la perilla y un airecillo
húmedo penetró en la habitación. Fue entonces que sucedió:
―¡Es ella…! ¡La playa! ¡La playa!
Tomó ansioso su vieja bicicleta y
corrió hacia la playa obsesionado por el recuerdo: acostumbraban caminar por la
arena, descalzos y abrazados. Hacía ya tanto tiempo. Iba aturdido por aquel
impulso repentino. La extensa playa, entonces, le pareció muy pequeña para su
locura. Vio a la chica sentada, sobre las oscuras rocas que recibían impasibles
el embate de las olas:
―Sabía que estarías aquí―
dijo.
―Y yo, sabía que vendrías―
le contestó ella. Y entregándole un barquito de madera:―Es para ti ―agregó―. Lo
hice yo misma.
―Lo llamaré “Libertad”―
replicó él tomándolo entre sus manos−. Sí: Libertad…
Ambos deambularon por la arena,
descalzos y abrazados, traspasando los límites del recuerdo. A lo lejos se oía
una canción de Perales…
viernes, 5 de junio de 2015
Rumbo
(Poema)
José Víctor González
Sobre el camino aquel que marca nuestra ruta
encontraré la huella del pecado,
y descansaré a la sombra de aquel árbol
del cual aspiro el aroma de su fruta.
Recorreré el camino que yo mismo
un día le di a la barca de mi vida
sintiéndome culpable en la caída
de mi conciencia en el fondo del abismo.
“Y observaré la vida del que ignora
y escucharé el lamento del que llora
sobre los filos de aquella piedra bruta…
Cincelaré un destino más propicio
y en vez de caer al precipicio
cruzaré el camino que marca nuestra ruta…”
Ilustración: Dibujo
libre de una obra de Picasso: Mujer
sentada.
José Víctor González es colaborador de
La piedra encadenada.
miércoles, 20 de mayo de 2015
¿Quién es poeta y quién no?
(Opinión)
René Ovidio González
Recién escuché afirmaciones respecto al
tema que me hicieron reflexionar. Quien las pronunció es alguien versado en
culturología y, además, importante columnista en un periódico digital. “Aquí
solo hay tres poetas”, me dijo, y acto seguido mencionó a quienes él considera
los únicos vates surgidos de la sagrada tierra Lenca. Horas más tarde, reunidos
en su casa de habitación y estando presente uno de los seleccionados por su ojo
clínico, volvió a manifestar su percepción acerca de los creadores, agregando,
no sé si en broma o en serio, las cualidades que los convertían en elegidos por
los dioses.
Siempre es útil primero pensar lo que se
va a expresar. Roque Dalton expresa así lo que piensa: El poeta es tal porque hace poesía, es decir, porque crea una obra
bella. Las cualidades que el amigo versado en culturología ve en los
aludidos escritores se relacionan a, por ejemplo, publicaciones en su haber,
inclusive, alabó el hecho de que a uno de ellos “ya la DPI le publicó un
libro”. Otra de las cualidades es sufrir el clima de San Miguel, ni nos
imaginemos el de Santa Rosa de Lima, un infierno insoportable. Y el otro
aspecto es la forma de vender su poesía, es decir, la distribución, pues un
miembro del trío poético lo hace en puestos de mercado, en buses y en otros
sitios donde concurre la gente. Roque nos sigue hablando: Mientras haga otra cosa será todo lo que quiera menos un poeta. Por
si no se entiende yo descifro: será vendedor, será superhéroe por soportar la
rudeza del clima, será peón con suerte al lograr que la DPI le publique, será todo lo que quiera…
No deseo por ningún motivo demeritar a los
poetas a quienes se da el aval como tales. Tampoco es cierto que esté enfadado
por la exclusividad. Solo he de exponer mis puntos de vista que no
necesariamente han de ser unánimes. Todos en este Macondo sabemos cuan maleables son los trucos para publicar. Y si
la publicación es por cuenta propia lo necesario es el billete y no la calidad. Conozco a un “poeta” que cumple con
suficiencia las condiciones apuntadas y, no obstante, yo pudiera catalogarlo
como un imitador, y pésimo imitador, por cierto. Pero vende y los estudiantes
lo leen. Entonces ¿quién soy yo para descalificarlo?
Manlio Argueta, gran novelista, ante una
sospechosa ausencia suya en un “estudio” hecho por un experto analista-escritor
acerca de la novela salvadoreña, nos decía: Es
que ese fulano me tiene mala leche… (UES-FMO, noviembre de 2000) No por esa omisión Manlio dejó de ser
de los mejores novelistas salvadoreños.
Más allá y dispensen el símil por lo
descabellado: a Horacio Quiroga, intelectuales de su país integrantes de una
comisión gubernativa le rechazaron su obra “Cuentos de la selva” por adolecer,
según ellos, de errores gramaticales... Por su parte Gabriel García Márquez se
llevó una desagradable sorpresa cuando la Editorial Losada de Buenos Aires le
denegó la publicación de su primera novela “La hojarasca”, por no cumplir los
cánones de calidad requeridos: “…me enfrenté sin testigos a la noticia escueta
de que La hojarasca había sido
rechazada…” (Vivir para contarla, pág. 489, Editorial Norma, 2002) El mismo editor
que rechazó La hojarasca “Guillermo de Torre, había rechazado los originales de
Residencia en la Tierra, de Pablo
Neruda, en 1927.” (Vivir para contarla, pág. 490, Editorial Norma, 2002).
Horacio Quiroga está considerado un maestro
del cuento latinoamericano. García Márquez y Neruda ganaron el Premio Nóbel de
Literatura en distintos momentos.
Debo ser sincero: de uno de los bardos de
esa trinidad jamás he leído poema alguno, ni lo conozco, por tanto y en
consecuencia, no puedo emitir juicio acerca de su trabajo. Entiendo que entre
él y yo hay una diferencia notable: él ha regresado del extranjero donde vivió,
mientras yo nunca he salido del oriente salvadoreño, “de Santa Elena a San
Miguel y de San Miguel a Santa Rosa de Lima”, tal como debió decir en una
oportunidad mi amigazo Sebastián Zepeda, que vive en Londres hace ya 35 años. O
sea, pues, que la condición de trashumar el infierno insoportable la cumplo a
cabalidad.
Con otro de los integrantes de la tripleta
nos unen tiempos inmensos de conversaciones, infinitas tazas de café, recitales,
llamadas telefónicas hasta bien entrada la madrugada. Bastante blablablá. Pero
también ediciones de trabajos suyos y míos; y en mi caso, algunas de esas
ediciones elaboradas con mis únicas dos manos, artesanales, y ventas de
opúsculos, aquí y allá: en Escuelas, Institutos Nacionales, Universidades, en
la tiendita del Museo en Perquín, y por otros rumbos. Cumplo así otro de los requisitos.
Con este miembro de la tripleta tengo una insólita diferencia: él tiene cuenta
de facebook y yo no. La autopublicidad hoy día es factor decisivo.
Ahora debo socializar otra verdad: el
versado en culturología, el del ojo clínico, no ha leído mi poesía ni mi
narrativa. Es que pasa lo siguiente: no tengo ejemplares de mi obra. Todo lo
artesanal lo vendí o lo regalé, o tal vez lo devoraron las polillas o las
cucarachas que abundan por estos lares; quizás no tuve la fineza de imprimir en
papel mis textos o mis poemas (¡Qué atrevido soy al llamarlos así!) para
entregárselos. Tampoco le pedí nunca su correo electrónico para enviárselos. No
obstante, en junio de 1999 el amigo del ojo clínico escribió un comentario que
transcribo: Que el fuego… es poesía a mi
entender de un romanticismo inveterado de los líricos, pero no nos confundamos,
por sus ideas corre una ideología épica. Se refiere a mi poemario “Que el
fuego concluya su misterio”. Por otro lado, me es imposible acceder a la DPI. No
digo el porqué pues alguien podría acusarme de lo que le dé la gana…
Hace poco yo hacía una broma en una
reunión. En mi trabajo de docente. Retomaba una frase que escuché en un
diplomado sobre literatura salvadoreña al que asistí: Todos somos poetas hasta que no se demuestre lo contrario. Hoy le
doy vuelta a la idea: Nadie es poeta
hasta que no se demuestre lo contrario. Y vaya, yo sí puedo demostrarlo:
ahí están mis escritos, multitud de poemas (y cuentos, que si llevan poesía me
convierten en poeta, ¿o no?) que esperan haya un tan solo crítico literario que
los analice, desde luego, ese crítico deberá tener las credenciales morales y
prácticas. ¡Quien se sienta “crítico literario” que aviente la primera… lo que
quiera aventar!
Puedo probar que al menos a uno de los
tres vates Lencas lo superé en un certamen literario. Él incluyó sus poemas
participantes de ese certamen en un libro, y lo dice: Mención honorífica, y yo tengo el diploma de Segundo lugar firmado y sellado por las autoridades, de en aquel
entonces CONCULTURA, que confirman mi aseveración. Y si hubiera registro
histórico, quienquiera se toparía con el hecho demoledor de que esa vez la
doctora Matilde Elena López fue parte del jurado calificador. El mismo
escritor, tiempo después, siempre pasado de copas, visitaba mi casa para que le
“viera” los poemas que él escribía en cualquier esquina o en cualquier andén de
una calle cualquiera de cualquier ciudad.
El hecho que haya más de uno que se haga
pasar como poeta no siéndolo, que algunos hagan uso de falsificaciones, o que
haya jóvenes plagiarios que ganan juegos florales, no significa que, escondidos
por la indiferencia lectora del pueblo, por el mercantilismo de esta sociedad
hostil y peligrosa, o por los círculos plagados a veces de falsa
intelectualidad, no haya poetas de verdad. Limitar el estrado a solo tres es
aventurado y me huele a formación de argollas, exactamente iguales a las
repudiables argollas políticas de las que estamos asqueados en esta tierruca de
cañales en flor, paraíso de abundantes miserables que cada vez renacen
miserables.
San
Miguel, Mayo 12 de 2015.
DPI: Dirección de Publicaciones e Impresos,
dependencia de la Secretaría de Cultura de la Presidencia.
UES-FMO: Universidad Nacional de El Salvador. Facultad
Multidisciplinaria Oriental.
Citas de Dalton: http://www.telesurtv.net/bloggers/A-40-anos-del-asesinato-de-Roque-Dalton-Erase-un-hombre-a-su-pluma-y-fusil-atado-20150510-0005.html
martes, 12 de mayo de 2015
Poeta
(Poema)
René
Ovidio González
Pequeño homenaje
para Roque Dalton
Caíste a la vida
trazando senderos clandestinos
en pupilas primigenias
¿Cómo no poetizar tus ensueños
truncados?
Llegaste a la muerte
borrando resignaciones
¿En dónde la verdad?
Goteas desde el sacrificio
la inspiración militante
de “los reyes de la página
roja…”
¡Vamos, Poeta, domina tu
angustia!
Aletea en tus apagadas
neuronas
el ave migratoria que quiere
echarse a volar…
Déjala, Poeta, déjala.
miércoles, 15 de abril de 2015
Gabriel ha muerto
(Poema)
René Ovidio González
Realismo que se
transfiguró en magia
y magia que cambió la
magia por dolor
Desde Aracataca a Comala
se confunden las voces
y nadie sabe si son
de nosotros las quejas y ruidos
Nadie sabe si son de
fantasmas en sueños
que luchan en guerras de
cien años
No se entiende de quién
es esta gritería tristona
al saber lo que se ha
sabido
De Macondo a Birán no
existirán ya silencios:
es el Gabo en los tiempos
del amor…
1-Imagen de Gabriel García Márquez tomada de Telesur.
2- A pocos días de cumplirse un año del fallecimiento del Gabo (17 de abril), otro grande se ha ido: el uruguayo Eduardo Galeano. Escritor comprometido con la justicia y con la verdad. La piedra encadenada lamenta profundamente la pérdida de tan insigne latinoamericano.
jueves, 2 de abril de 2015
Pensando
(Poema)
José Víctor González
¡Permiso por favor…!, el hombre nace
y el mundo lo desconoce. Y muere
en el delirio de creer que hace
cuanto vive y le rodea; y le sucede…
Digo esta vez: El grano con la espiga
son familia del suelo que sustenta
el hambre de vivir, pero alimenta
el lento morir, el ansia y la fatiga…
Palabra perdida cada uno, somos asunto
de un drama que arremete y nos arrasa.
Entonces para qué vivimos me pregunto.
Para qué habemos tantas gentes,
y el sol usando lentes
para ver lo que nos pasa…
José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada. La responsabilidad de cada texto será
asumida individualmente por su autor. La piedra
encadenada podrá o no estar de acuerdo con lo
escrito.
lunes, 16 de marzo de 2015
El día que subimos a la piedra
(Relato)
Fredis
González
Del otro lado de la quebrada
por donde vivíamos, estaba la antigua hacienda “La Segovia”, lugar en el que
antiguamente se cultivaba el algodón pero que al terminar la cosecha sus dueños
ordenaban arrancar las matas o quemarlas, quedando así el terreno muy claro y
pelado, tanto que si alguien se paraba en la esquina nororiente del terreno
podía ver hasta el cementerio municipal ubicado al surponiente del mismo. Fue
en este terreno donde la Siguanaba asustó a Chael mi hermano mayor y a Armando
Baires, su amigo de infancia. Cuentan que caminaban los dos cipotes, hondilla
en mano por la quebrada en busca de garrobos como a eso de las 12 del mediodía
cuando de repente se les apareció una mujer joven y hermosa en el borde del
muro de la quebrada y les preguntó:
─ ¿Y ya comieron?
Los cipotes respondieron con
una malcriadeza.
─
¿Y qué te importa hij’eputa?
Y comenzaron a correr, pero
no para huir sino persiguiendo a la susodicha subiendo a toda prisa por la
pendiente del terreno y vaya sorpresa al llegar ellos a la planicie, ¡campas!
¡La mujer había desaparecido! Simplemente se desvaneció o se la tragó la
tierra, no pudo haberse escondido pues no había donde. Aquí podemos cambiar la
expresión que dijimos al principio: “Fue en este terreno donde dos cipotes
garroberos asustaron a la Siguanaba”.
Pero no era sobre esto que
les quería comentar, es solo que se cruzaron los cables.
El caso es que después de
conocer la historia de “La hacienda La Segovia y la Sihuanaba” yo frecuentaba
mucho este lugar con intenciones de encontrarme con la joven protagonista del
cuento. La que le habría tocado de habérmela encontrado, le hubiese pasado lo
de la brujita de la canción: “la castigaría con la guacharaca, yo le daría su
garrotera pa’que respete yo le daría…”
Jamás la encontré, pero lo
que sí me hallé visitando ese lugar fue una hermosa vista del volcán de
Usulután que aparecía hacia el norponiente como una postal y lo que me
sorprendía era un árbol pequeño como el dedo pulgar que se veía en el filo del
volcán, parecía un bonsai miniatura, o más bien una mosca parada en un pastel
gigante.
La imaginación empezaba a
volar y recordaba las antiguas historias de posibles tesoros escondidos, el
famoso Ermitaño que decidió por cuenta propia alejarse de la falsa sociedad y
buscó refugio en la montaña. Pero lo que más llamaba mi atención eran las
historias de árboles frutales en la zona volcánica, pues el hambre era eterna y
cotidiana.
Un día de repente alguien
soltó la invitación: ─¡Vamos a la piedra encadenada!─
dijo. Para el día sábado (no recuerdo la fecha exacta) estábamos reunidos un
buen grupo de amigos: Carlos Ramírez “Calín”, Luis Amílcar, Rudy Argueta,
Rolando, Nelson Benavides, Lito Campos y otros. Cada quien con su mochila
repleta de cosas (agua y bastimento para el camino), machetes, bastones de
madera, algunos binoculares y hasta camaritas (aún no existían los celulares)…
yo preferí viajar ligero de equipaje, para qué llevar tanto me dije “si allá
arriba hay de todo para mitigar el hambre y la sed”.
Pasaríamos por Wilian
Aparicio que estaría esperando en la salida del pueblo por “La Guasa” y si no
estaba, le silbaríamos para que saliera de casa. Estuvo puntual. Salimos muy de
mañana, cuando el sol aparecía en el horizonte nosotros ya estábamos en las
faldas del volcán. Se sentía una gran emoción pues aquí comenzaba la travesía,
estábamos a punto de ascender al reino del pájaro y la nube, un mundo
privilegiado de árboles frutales donde no llega el smog ni el ruido de la
ciudad. Después de caminar un rato cuesta arriba, llegamos a la cabaña…
descansamos, comimos naranjas hasta saciarnos y continuamos el viaje… observé
que Wilian se quedaba atrás y se desprendía del rebaño, quise esperarlo pero
con una señal me indicó que prosiguiera, minutos más tarde lo teníamos al talón
por la estrecha vereda sobrepasando al grupo con una rapidez impresionante y
abriendo brecha con su machete pues hacía quizá ya mucho tiempo nadie visitaba
el lugar y la vegetación había crecido. Pasamos por el árbol que desde el
pueblo se mira diminuto, resultó ser un amate gigantesco que se mecía con el
viento y parecía que se iba a desbarrancar. ¡Por fin llegamos a la piedra
encadenada! ¡La emoción era indescriptible! Observamos la piedra, la palpamos,
subimos a ella, tomamos fotografías.
Desde allí pudimos ver “ese
mar tan tranquilo, tan azul, tan dormido que si no fuera un mar bien sería otro
cielo…” Y anhelábamos tener dos alas para el vuelo.
Fredis González es colaborador de La piedra encadenada.
Las fotografías fueron proporcionadas por el profesor Wilian Aparicio.
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