sábado, 21 de septiembre de 2019

Tienda "Las Palmeras"


(Cuento)

Omar Gabrielí

Aun cuando muchos maestros llegados a nuestra tierra, mostraron un extraordinario amor por todo aquello que formaba parte de la vida que desarrollamos a través de los años, tal como el Profesor Enoc Turcios, con quien trabajamos duro en la construcción de la cancha de básquetbol de la Escuela “Roberto Edmundo Canessa”, quizás ninguno caló tanto en el sentir de la gente como Don Fidel Ayala.

Todavía no comenzaba mi primer grado cuando él ya llevaba algunos años jubilado. Para disfrutar de su apacible retiro, decidió invertir un poco de dinero abriendo una tienda en la casa que habitaba, ubicada exactamente al costado norponiente del parque central; de esa forma, podría obtener algunos ingresos extras para complementar su condición de pensionado del gobierno.

Era normal encontrar a Don Fidel por las tardes conversando seriamente con Don Silvestre, quien vivía a unos 50 metros al norte de la tienda, sobre distintos temas que generalmente iban dar al asunto del método a utilizar para educar los hijos y el respeto que se debía tener hacia las personas de mayor edad.

Era imperante en esa época que si uno encontraba un anciano debía saludarlo con mucha cortesía según la hora del día. Ellos decían, por ejemplo, que mi hermano mayor era muy educado, pues siempre que los encontraba les decía según la ocasión: Buenos días don Fidel o Buenas tardes don Silvestre...

En la tienda "Las Palmeras", solían encontrarse artículos para diferentes necesidades, pues a fuerza de vender, más parecía una mezcla de tienda, venta de mercería, mini farmacia y mini almacén.

Al par de los consabidos frijoles monos, negros, rojos o blancos, trigo y el maicillo, también se podía comprar maíz negrito, chocolate en polvo "La Reina", café de palo y su pedazo de dulce de panela...  o el azúcar moreno para endulzarlo.

Igualmente, la reconocida manteca de chancho, el almidón, el jabón de semilla de aceituna y el famoso jabón de cuche... con el cual acostumbraban muchos irse a bañar al río, la candela de sebo de res, el gas kerosén para el candil, cerillos caballo rojo, y los cigarrillos pradito.

Después que don Fernando se había convertido en el terror de todos los infantes del pueblo con sus dolorosas inyecciones, era mejor averiguar si en "Las Palmeras" había belladona para el tope, esencia coronada para la “soplazón” o la imprescindible esencia de los siete espíritus para alguno que otro desmayado.

Si te hacía falta un botón en la camisa, sencillamente ibas a la tienda de don Fidel y ahí encontrabas hilo, sedalina, agujas y botones de todos los tamaños, alfileres, remaches y broches para la parte de atrás de los vestidos de las mujeres, o hule negro para sus calzones, ya que el elástico no estaba de moda; hule amarillo para hondillas, botones para pantalón de hombre, pues no se usaba el zipper; cintas, pasta y cepillo para zapatos. Bolitas de Naftalina para las polillas, y el siempre útil y poderoso desinfectante de la época: La creolina.

Como todo hombre de negocios, incluyeron sus ofertas de productos algunas telas, como el “Dacrón y McArtur”, tela de manta (para las bolsas de los pantalones de hombres) y aquella, ahora pasada de moda, tela de mantilla que usaban las señoras para taparse la cabeza cuando iban a misa.... ¿Te daba hambre...? Pues por qué no disfrutar de una sabrosa guaracha, o aquella otra conocida con el clásico nombre de “peperecha”; o un buen pedazo de budín.... ¿Eras todo un apuesto jovencito adolescente...? Entonces había que comprar líquido para el cabello, y así, este luciría como que te habías recién bañado.... ¿Eras una bella damita y deseabas irte al "cumbión"...? Ah, en ese caso, era necesario pasar por donde don Fidel, comprando dos que tres sobrecitos de polvo "cuatro rosas", para perfumarte las axilas.... no fuera que sudaras bailando....

Como reza el dicho popular, en esa tienda había casi de todo “como en botica”. Peines, diademas, peinetas de carey, y peine fino para liendres y piojos...Y como todo buen maestro, no podían faltar el siempre útil Silabario y el libro Mantilla, para aprender a leer, cartulina y plastilina, cuadernos "El Siglo", lápices y borradores, etc,

Como quiera que desarrollé mi niñez en los alrededores de la antigua escuela de varones, con su viejo portón de madera y sus altos trascorrales de adobe, a la cual asistí en habiendo llegado a los siete años, pude ser testigo directo de muchas situaciones que sucedían muy cerca de la misma. Dicha escuela estaba entonces regenteada por dos insignes Maestros de la localidad: don Jorge Vargas (Director) y don Eufrasio Méndez (Subdirector), quien con el tiempo fue mi maestro de sexto grado.

Cuando alguien llegaba a comprar hule amarillo, él preguntaba: ―Ah, cuántas varas vas a llevar...? ― Deme cuatro Don Fidel. ... y estiraba el hule a lo largo del brazo al tiempo que decía: ―Son diez centavos. Cuando el cipote pretendía hacer su hondilla se daba cuenta perfecta que el hule no le alcanzaba.... Así, era el maestro, el comerciante, el anunciador.

Continuará...

Omar Gabrielí es colaborador de La piedra encadenada.

sábado, 17 de agosto de 2019

El resorte secreto


(Opinión)

José Víctor González

«Abundan por doquier Conferencistas de toda ralea, fascinadores de multitudes, rapaces apóstolobos: A todos los impulsa el mismo resorte...»

Hace ya muchos años surgió una bella joven italiana que cantaba una canción titulada "Gira el amor"... Esa melodía tenía unos versitos que decían más o menos así: "...y sabes por qué, el mundo es así, porque a su alrededor gira el amor... Y entonces por qué, tú dímelo Mamá, tenía un borreguito y no lo tengo ya...? Pobre de ti, pronto sabrás, que en la fortuna no puedes confiar...". Eran tiempos de sencillez y esperanza. Entonces la CAPACIDAD DE ASOMBRO, como factor natural de la esencia humana, aún no se había perdido. El aroma de la amistad impregnaba las relaciones humanas y la malicia solamente aparecía como una leve mancha muy fácil de limpiar.

Pero, como dice otra canción, el tiempo pasa... La evolución de la sociedad se detuvo para dar paso a la involución. En la actualidad, gentes de todo tipo le hacen creer a los demás que están trabajando duro para hacer el bien: Son Maestros del mal...! Hacer el mal por el mismo mal; ejercitarse en él.

Así, han surgido las clásicas ESCUELAS POSITIVISTAS; FALSOS ORGANISMOS DE NUEVAS IDEAS POLÍTICAS; EVANGELIOS DE LA PROSPERIDAD...

Abundan por doquier Conferencistas de toda ralea, fascinadores de multitudes, rapaces apóstolobos: A todos los impulsa el mismo resorte...

Ellos dicen que en tu horóscopo todo va bien, que ya se inició EL GRAN CAMBIO y que alguien "ya pagó por ti...", aunque te des cuenta que los cobros te siguen llegando.

LA HUMANIDAD PERDIÓ SUS VALORES y se ha lanzado a la más abyecta adoración del becerro de oro. NO IMPORTA LO QUE HAYA QUE HACER...!!!

Hacia donde uno dirija su mirada puede ver: Chispeantes oradores intelectualoides en salas inmensas abarrotadas de público ansioso de poseer ingentes riquezas... Plazas inundadas de gente deseosa que su líder les dé la clave para salir de la pobreza económica, en donde precisamente esos mismos líderes los tienen metidos... Santuarios rebosantes de fieles que van en busca, ya no de salvación, sino de poder económico que les dé "vida en abundancia"...

Estadios a reventar en donde ya no cabe "un alfiler", Centros comerciales que parecen hormigueros, en fin...

Vídeos en internet en donde te regañan porque aún no eres rico...

EL APOCALIPSIS SE DESINFLÓ !!!!!

YA NO GIRA EL AMOR...

Señores y Señoras, llegó la nueva era: LA FURIA DE POSEER...!!!!!

He ahí la red en donde se encuentra atrapada la humanidad. De arriba hacia abajo, de un lado a otro.

Nos debatimos pues en el dilema del ser o no ser de la filosofía.

LA CODICIA ES EL RESORTE SECRETO DE LA ACCIÓN Y NUESTRA ÚNICA SALVACIÓN ES HALLAR "EL VELLOCINO DE ORO".

CONVERSEMOS PUES CON JASON Y LOS ARGONAUTAS PARA QUE NOS REVELEN SU MARAVILLOSO SECRETO.


José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.


sábado, 3 de agosto de 2019

Tertulia con el poeta Ricardo Bogrand


René Ovidio González

Al cumplirse en agosto siete años del deceso de mi amigo, el poeta Ricardo Bogrand, quiero recordarlo con respeto y admiración mediante la publicación de este artículo, que escribí en enero 10 de 2011 tras la que fuera su última visita a El Salvador.

Pero ¿quién es Ricardo Bogrand?

Pues nada más y nada menos que uno de los fundadores de aquella generación de escritores que surgió a principios de los años 50, cuya expresión ha sido insuperable y que después se conoció como “La Generación Comprometida”. Bogrand, yo lo aseguro, es uno de los mejores poetas salvadoreños, amigo entrañable de esos grandes literatos de aquel momento.

Nace en San Pedro Arenales en 1930, y su vida transcurre entre el polvo de los caminos rurales (por donde ruedan lentas las carretas cargadas de sacos de café ajeno hasta Puerto El Triunfo) y la patria de Emiliano Zapata, donde hoy, merced a su intelectualidad y a su grado académico de Doctor en Antropología, coordina la Cátedra José Martí, en una Universidad de Chiapas. Tendríamos necesidad de muchas páginas para responder íntegramente a la pregunta ¿Quién es Ricardo Bogrand?, y siempre quedarían detalles por decir.

¿Por qué una Generación Comprometida?

La tarde en mención Ricardo Bogrand nos habló de esa hornada de escritores, aclaró que fue Ítalo López Vallecillos quien en un artículo periodístico mencionó el nombre como una característica del grupo. Dijo que el compromiso era con el pueblo, que lo que se escribiera debía ir en defensa de los intereses de los pobres. En este sentido explicó que no de todos los iniciadores del movimiento se puede hablar de igual manera, algunos vivían ese compromiso a medias, otros ni siquiera se puede asegurar que hayan tenido compromiso, a no ser con las clases pudientes. De lo último puso de ejemplo a Irma Lanzas, a Waldo Chávez Velasco y a Eugenio Martínez Orantes. “La misma Mercedes Durand no estaba tan comprometida como lo estuvo Roque y otros del grupo”.

¿Quiere saludar a Manlio?

Manlio Argueta es el otro escritor migueleño que formó parte de esta generación literaria. En un momento de la conversación, se le preguntó a Bogrand si deseaba saludar a Manlio vía telefónica. Respondió que sí… “¿Que cuál es mi nombre? El mío es Ricardo… ¿Que de dónde vengo? Pues oye, no vayas a confundirte creyendo que ando con el (sub)comandante Marcos, estoy en Chiapas… Pues me voy pronto, mañana salgo para San Salvador y el siguiente día voy para México… Otra vez, claro que sí…”

“Desplómate símbolo de la Plaza Libertad”

Como nosotros hiciéramos muchas preguntas, él iba respondiendo una a una con talento y autoridad indiscutibles. A una interrogante acerca de Jorge Campos―autor del Poema de Sol y Niebla―, expresó su aprecio por “Campitos”: “A él lo metieron preso al mismo tiempo que a mí, yo no sabía, no me di cuenta, fui prisionero casi un mes, después supe que lo habían torturado. Cuando hablaba con nosotros, nos hacía señal de silencio porque creía que en su cabeza habían colocado un chip, que nos oían y podíamos tener problemas”. “Un día que fuimos al lago de Coatepeque, un compañero tomó los manuscritos de Campitos y los lanzó al agua, no salvamos ninguno de los poemas. Cuando viajábamos de regreso a San Salvador, dicen que Campitos dijo que no importaba, que en pocos días tendría unos kilos más de poemas”

Una de las ediciones (aunque no lo dijo podría ser el libro “Alianza de mis Manos”, de la Colección Contemporáneos, publicado en 1970 por la Universidad de El Salvador), terminó en una pira que los militares ocupantes de la Universidad en 1972 ―época del coronel Molina― hicieron con todo material que oliera a conocimiento, a educación, o a literatura. “Solo se salvaron algunos. Tirso Canales los encontró por ahí y me envió 25 ejemplares a México”.

A una frase mía, quiso recordar parte de uno de sus poemas. Yo intenté traer a su memoria un poema titulado Niños de la Colonia Belén, uno que dice: ¿Como quién de esos niños era yo? / ¿Como quién? /... Pero él se trasladó a otro momento, quizás, y del modo que se transita un camino otras veces andado, se puso a repetir el otro poema que toca a la colonia Belén, o colonia Obrera, según Bogrand, el nombre original. Se trata del poema Nuestro Barrio, que inicia así: A un lado de nuestro barrio/ pasa el río/ Callado, sordo se dibuja/ en los rostros sin ojos de las piedras/.

Mi flamante Primer Lugar en Poesía, a nivel nacional

Me di cuenta de que sí recordaba aquella vez cuando en 1992, en diciembre, un compañero de entonces y yo le visitamos en San Miguel. En esos días recién yo había ganado el primer lugar en los Juegos Florales de Usulután. Javier Alas laboraba en la Dirección de Publicaciones e Impresos y colaboraba con el Suplemento Tres Mil del Diario Latino. Habiéndome publicado dicho suplemento mediante el poeta Alas, decidí mostrarle lo divulgado a Bogrand. Era la página de portada completa. El Maestro leyó mis poemas en una lectura rápida, y sin andar con rodeos, devolviéndome la página, fue específico: Todos están bien, pero este (señaló uno) yo no lo hubiera publicado…

Yo sigo siendo, lo que no hay es Partido…

Un poco, nada más un poco, dentro del contexto histórico que describía, tocó algún tema político. Nos explicó la diferencia ―medio en broma medio en serio―entre las distintas categorías de marxistas: Los marxistoides, los marxistólogos, y los marxistas de veras.
“El Partido nos veía con recelo, solo porque chupábamos”. Se refiere ―es evidente― a sí mismo, a Roque Dalton, a Orlando Fresedo y otros. “Pero nosotros hacíamos bien nuestras tareas, nos divertíamos, sí, pero éramos muy responsables”.

El libro del Licenciado Gómez y la promesa de otro ejemplar…

Un detalle muy elegante fue la lectura hecha por el Licenciado Arnoldo Gómez de un poema de su autoría, dedicado a Ricardo Bogrand. Con emoción el Licenciado leyó, y con mucha alegría nosotros aplaudimos. Era el único ejemplar que quedaba del libro donde se hallaba aquel poema, por lo que se disculpó de no poder entregárselo. En eso alguien afirmó que tenía dos ejemplares del mismo, prometió traer uno y, a pesar de las dudas del Licenciado, asunto resuelto. Aquel día 31 de diciembre, desde las cuatro y ya entrando la noche, casi las siete, fue una cátedra de Literatura y de Historia Nacional, con uno de los insignes forjadores de esa Literatura y esa Historia. Aprendimos del Maestro. Bebimos café y reímos.


Fotografía: Bogrand bebiendo café, el 31 de diciembre de 2010. Junto a él, el autor de este artículo. .



sábado, 20 de julio de 2019

Otra identidad


(Cuento)

René Ovidio González
Refieren las crónicas antiguas, que el 6 de junio de 1524, la euforia inundó al cacicazgo pipil. Al avistarse el lucero mañanero ―nixtamalero, así llamado, que antecedía al sol naciente―, los sueños colectivos empezaron a concretizarse. Unas chocantes efigies: la de un tal Colón navegante y la de otra mentada doña Isabella, que emplazara sin anuencia de la plebe algún “Malintzin” sagaz a la entrada del Palacio Ceremonial, fueron arrancadas…

Ocupaban ahora esos espacios, la escultura del soberano actual en metal reluciente, con su arco en posición de batalla, y la de un originario del tiempo por venir: Anastasio Aquino, con una mano blandiendo su machete y la otra sujetando una corona con el sello frontal del dios sol, de oro macizo…


De la colección de cuentos «Cuando escampe».

sábado, 6 de julio de 2019

Don Lupe


(Cuento)

René Ovidio González

Don Lupe se contó entre los trescientos mil que salieron expulsados de Honduras en 1969. Dice: «¡Qué cien horas, hombre! Para nosotros fueron muchas más. Es necesario mirar para atrás, para que el olvido no nos nuble la mente y esa tristeza no nos joda la existencia»

Entonces, alza su mirada hacia el horizonte hurgando entre el cúmulo de recuerdos añejos. Queriendo encontrar en el mapa visual el paisaje del país que los repatrió, a él y a su familia. En su semblante no hay rencor, ni en sus palabras amargura:

Nos llevaron a una cancha de fútbol, cerrada por completo. ¡Rebalsaba de gente, y todos éramos salvadoreños! Esa era la acusación: «guanacos». Se reían de nosotros. Estuvimos allí casi una semana. Yo me decía: nos van a matar, para eso nos han traído… Pero a la segunda noche, apareció un soldado, y me llamaba a señas, yo me alteré y pensé: hoy sí me tocó. Como yo no me movía del susto, el soldado empezó a llamarme por mi nombre. «Don Lupe. Don Lupe. Venga».

Me acerqué y resultó ser un muchacho conocido, hijo de un vecino mío. «No se preocupe don Lupe, a ustedes no les va a pasar nada, yo voy a estar aquí y no voy a permitir que les hagan daño» Eso dijo, y cabal, hombre, cumplió su palabra. Ve pues, que cuando nos sacaron en camiones militares y nos trajeron hasta la frontera, él se despidió de nosotros con un abrazo y me dio cinco pesos, «Para que le compre algo a sus güirros», me dijo.

Cállese, hombre. En esa semana que estuvimos encerrados, cada noche se oían gritos, llantos. Era la gente que sacaban los soldados, andaban con los militares unos babosos, civiles armados de pistolas y machetes, les decían Mancha Brava. También los familiares que se quedaban pegaban gritos, porque quién no sabía, a los que sacaban, los perdían. Nunca volvían, y los soldados no se hacían cargo, le echaban la culpa a la Mancha Brava. Unos amigos decían que fue por eso del fútbol, por las burlas de un pájaro picón picón, ve que los de la Mancha Brava le cortaban la cabeza de un machetazo a los güirritos, hijos de salvadoreños, y le daban patadas: ¡goool!

Don Lupe mira a su alrededor, para distraerse. Le costó adaptarse a su antigua vida en El Salvador. Traía seis vástagos: un varón y cinco mujeres, y en el país las cosas empeoraron. No sabía ni imaginaba siquiera que los hilos de la guerra habían sido movidos por traidores disfrazados de héroes, en el propio gobierno; o por intereses supranacionales, gobiernos poderosos en la sombra, como felinos al acecho de estos pobres paisitos…

Cuando llegamos a la primera ciudad, ya de este lado, a mí me cayó una bravura terrible, me puse bien enojado. Me reprochaba por poner en peligro a mi familia. Venía cargando tres maletas y en ninguna hallé nada, ni un centavo. Busqué en la bolsa del pantalón. Solo andaba los cinco pesos que me dio el hondureño. Quería llorar. Encendido de coraje, agarré envión y me fui a matar el tiempo, encontré una cantina, compré una pacha de guaro, me la zampé de un solo, volví y me acosté. Así, borracho, sí pude dormir. Era de noche ya y llovía. Estábamos tirados en el puro ladrillo del portal de la alcaldía…

Era la misma historia: la víctima sintiéndose culpable, y los culpables transfigurados en superhéroes por la prensa, mediante el engaño, el artificio maléfico de la información. Se tejieron leyendas acerca de generales que montados en asnos llegaban al propio corazón del enemigo. Circularon fotografías de aquellos cachuchudos. Todo un libreto cinematográfico con sotanas incluidas. Los mentados generales ni siquiera se habían movido a los frentes de batalla. Ellos, desde sus oficinas en la capital y con sus botas bruñidas se contaban, eso sí, entre los titiriteros de la guerra, siendo a su vez títeres a sueldo de intereses supranacionales, de los felinos al acecho…

El siguiente día, yo con una gran goma y los demás con hambre, nos mandaron para el cantón. El alcalde hizo los arreglos. Contrató un camión, se echó un discurso, habló del peligro en que estaba la patria y de que los salvadoreños éramos cachimbones, que habíamos ganado Aramecina y Marcala, y que ya íbamos por Nueva Ocotepeque, en el otro lado, que estábamos dándole una paliza de guardia a esos catrachos mal nacidos, blablablá… y ¡que viva la patria!

Entonces, don Lupe vuelve a mirar a lo lejos para hurgar una y otra vez sus evocaciones añejas, con un semblante libre de rencor, absuelto de su presunción de culpa, sin amargura y sin lágrimas …



Fotografía: Familias salvadoreñas expulsadas de Honduras cruzan el puente del Goascorán. (Del libro Historia de El Salvador, Tomo II, Ministerio de Educación, El Salvador, 1994)






lunes, 3 de junio de 2019

A cuatro pasos de una decepción


(Opinión)

René Ovidio González

Este escrito fue publicado el 6 de agosto de 2015. Lo doy a conocer otra vez para recordar a quienes interese, que había justa razón en aquello de «que los seres humanos nos parecemos en algo a las gallinas». Ya están abajo del palo, señores. Ojalá jamás se les olvide la lección.

Tres de mis hijas son profesionales. La primera, Doctora graduada de la ELAM, Cuba. La segunda, Licenciada en laboratorio clínico graduada de la Universidad Nacional de El Salvador. Y la siguiente, Profesora de idioma inglés de la misma universidad. Esta última, a pesar de haber egresado y superado todas las pruebas obligatorias, incluidos ECAP y TOEFL, aún va y viene a las instalaciones de la susodicha universidad, ya que para graduar a los jóvenes la “institucionalidad” interpone los más ridículos muros que quién sabe qué cagatinta de febril imaginación construye.  “Es más fácil ingresar que graduarse de esta Universidad”, dice mi hija a sus conocidos. Y agrega: “Les digo para que se preparen sicológicamente”. A veces los tropiezos son producto de si el docente anda de malas pulgas, es decir, de su capricho. ¿Y las autoridades? A saber…

Dice la gente que la esperanza mantiene al tonto. Yo prefiero la otra sentencia: la esperanza es lo último que muere. Estoy aplicando fuertes dosis de medicamentos a mi esperanza. Ella permanece en un coma mucho más prolongado que el del malogrado cantante Gustavo Cerati. Ella agoniza.

Pues bien, he hecho gestiones para que mi Licenciada en laboratorio clínico tenga trabajo con el Estado. Gestiones a la usanza salvadoreña, pues no queda de otra. Es lo que deseo referir.

Visité a un coordinador departamental del partido regente del órgano ejecutivo. Previamente había dialogado con él vía telefónica. Al no encontrarlo, dejé la hoja de vida profesional de mi hija con su tía, que es como si fuera su propia madre. La señora dictó una sentencia premonitoria: “Aquí viene mucha gente, Profesor, y este (el coordinador) dice que es de gusto, que trabajo no están dando”. Me despedí de la señora con la misma amabilidad con la que llegué pero con la certeza de que “era de gusto”.

La Constitución de la República en la Sección Primera- Derechos individuales- artículo 2 expresa:   “Toda persona tiene derecho a la vida (…), al trabajo”…  Y el artículo 37 en la Sección Segunda-Trabajo y Seguridad Social, manda: “(…) El Estado empleará todos los recursos que estén a su alcance para proporcionar ocupación al trabajador, manual o intelectual, y para asegurar a él y a su familia las condiciones económicas de una existencia digna”.

Resulta que de repente vi que varios de mis conocidos ocuparon cargos en el “nuevo” gobierno. Qué alegría, al fin nombraban gobernador departamental a un hombre honesto y trabajador. Solo que no lo escogieron por esas cualidades, sino por ser de los amigos del presidente. Le hablé de la necesidad que me aquejaba. Le di algunas pistas para localizar la plaza urgida. Al presidentito de la zona le bastaba hacer una llamada de 30 segundos para informarse si había o no plaza donde yo le aseguraba. Dijo que iba a investigar, me habló de los males del territorio bajo su jurisdicción, el desempleo, la inseguridad…

Pasó fugaz el tiempo, como ave agorera que asusta. Le llamé por teléfono, yo estaba ansioso, y él a eso de las 10 de la mañana estoy especulando dormía aún. Se molestó. Lo sentí en su tono de voz: “¡Ya te dije que voy a investigar!, ahorita no tengo nada, yo te llamo”. Todavía espero, aunque tengo la horrible sospecha que no me llamará pues su reinado fue efímero.

Es que pasa que el camino al cielo está poblado de cruces. En una grandiosa fecha tapizada de números once: 11 del 11 del 11, esos chochos jodidos que son los Mejía Godoy visitaron la ciudad. Me fui con mis hijas al concierto. Ahí pude hablar con otro importante personaje de los años de organización partidaria allá donde yo vivía. Tiempos cuando pocos tenían cojones o resignación para aceptar lo que viniera. Pues sí, se los echo en cara: yo puse a disposición de los insurgentes el local de la Escuela que dirigía, aquel histórico 16 de enero, expuesto a amanecer muy serio el día 17 y con visa a la eternidad.

El personaje: un excomandante del ejército guerrillero y a su vez exoficial del otro ejército. Lo apreciaba mucho, así que con confianza le dejé ir la piedra. El era muy cercano a uno de los ministros del gabinete gubernativo. Mandó a mi hija a la oficina del director departamental de salud, que llevara su hoja de vida profesional. De seguro aquel “director” era mago puesto que nunca estaba o desaparecía, y si llegaba, llegaba a reunirse, ¿con quién?, a saber… y si salía en ese momento, ya se iba… Jamás se pudo hablar con él, a lo mejor había que pedir cita anticipada para consultar, cuestión de médicos, sí señor.

Entonces yo, en mi exceso de confianza con el excomandante, le llamaba por teléfono. La última vez, estaría de mal humor, me dijo: “La cuestión es no aburrirse, que su muchacha siga yendo donde el director, yo voy a comunicarme, después le llamo a usted”. Todavía espero, aunque tengo la horrible sospecha que no me llamará. ¿Qué sería de él? Solo lo he visto en documentales historiográficos, pero ahí supongo no me escucharía.

También a un médico que me visitaba con frecuencia, y conversábamos, lo ubicaron de director de una Unidad de Salud. Es un doctor desdeñoso a pesar de su origen precario, ya en más de una oportunidad utilizó sus inconsecuencias de manera desagradable. Tendrán que disculpar mi desvío: debo continuar de inmediato con los cuatro pasos de mi decepción…

Mi esperanza se iba poniendo mal. Se enfermaba sin remedio, y un día decidí buscar al hermano de un amigo mío de los años viejos, director de una importantísima institución pública. Es mi obligación explicar que me recibió con toda humildad e interés. Hice mi planteamiento. Y él: “Será un honor ayudarte”. “A mí no se me olvida cuando tengo que ayudar”. Confiado y satisfecho por la promesa me retiré con un apretón de manos. Pasó un mes, dos meses, tres, cuatro… al octavo mes tomé la determinación de escribirle un correo electrónico. No hubo respuesta. El siguiente mes de nuevo lo intenté. Jamás contestó. Me sucedió lo que a Rutilio el burlón: el fantasma bajo el tamarindo jamás le respondió. Tal vez el hermano de mi amigo no ha podido hacerse oír.

El sistema económico guarda espantoso silencio para quienes quieren aportar su trabajo a la reconstrucción de este Macondo. Sin embargo, a veces, las élites gobernantes alcaldes, gobernadores, ministros… emplean recursos que están a su alcance para ayudar a grupos o individuos al margen de la ley, grupos e individuos dedicados no a construir sino a destruir. Los chicos honrados pagan los platos rotos de las decisiones revesadas de quienes gobiernan, en un mundo que sin duda, tal lo expresa Eduardo Galeano, está al revés.

Me cuesta creerlo: el galeno desdeñoso jamás ha vuelto a visitarme. Recién he sabido que lo ascendieron a director de SIBASI. Yo no he gestionado para ubicar dentro de las filas de empleados estatales a la Doctora. Aunque desde su llegada de la mayor de Las Antillas, se topó con un recibimiento hostil de parte de estudiantes de medicina de la Universidad Nacional, guiados por oscuros intereses tras bambalinas. Ese escollo se superó, ahora van surgiendo otros: el inconsecuente director de SIBASI, según detalló fuente confiable, ha manifestado: “Mientras yo esté aquí ningún ELAM va a conseguir entrar”. Seguramente si se lleva un par de recomendaciones el doctorcito cambiaría de actitud. El médico anti ELAM olvida que los seres humanos nos parecemos en algo a las gallinas: un rato estamos arriba del palo y otro rato abajo. Este profesional era de aquellos universitarios bulliciosos que de todo hay en la viña del patrón, en las marchas de protesta, se ponían pasamontañas y hacían pintas en vitrinas o paredes, incitando a los ciudadanos a organizarse y luchar. Bien dice la gente: Del dicho al hecho… Es que se necesita ser más que soberbio para jactarse de ser soberbio.

Cuando cientos de profesores salimos de Ciudad Normal “Alberto Masferrer” eran tiempos de las dictaduras militares, férreas y criminales; pero ni a mí ni a nadie preguntaron si éramos miembros de cuál organización o ideología, no nos pidieron una ni dos recomendaciones de dirigentes del “partido oficial”.  El milico-presidente y su equipo de Educación no repararon en nimiedades, simplemente repartieron los correogramas de nombramientos, y nosotros salimos felices, aunque fuéramos a la cola del diablo, con la juventud a borbollones a desparramar conocimientos.

La Constitución de la República remarca en la Sección Primera-Derechos Individuales-Artículo 3: “Todas las personas son iguales ante la ley. Para el goce de los derechos civiles no podrán establecerse restricciones que se basen en diferencias de nacionalidad, raza, sexo o religión”…

Habrá que preguntar a don SIBASI y a la élite gubernativa decisoria qué partes de estos artículos de la ley primaria no entienden. Si es que pudiéramos un glorioso día llegar hasta ellos.


ELAM: Escuela Latinoamericana de Medicina, Cuba.
ECAP: Evaluación de Competencias Académicas y Pedagógicas.
TOEFL: Test of English as a Foreign Language.  (Examen de Inglés como un idioma extranjero)
SIBASI: Sistema Básico de Salud Integral.                      



sábado, 18 de mayo de 2019

Un modesto comentario


Héctor Edgard Trejo

UN MODESTO COMENTARIO SOBRE EL POEMARIO «QUE EL FUEGO CONCLUYA SU MISTERIO» DEL ESCRITOR RENÉ OVIDIO GONZÁLEZ

(Segunda parte)

«La muerte es una trampa, dijo Gabo, hay que derrotarla escribiendo mucho»

Matilde Elena, la Dra. en filosofía y letras decía: “la vida se acaba cuando se muere la ilusión”. El poeta no muere porque sus ilusiones quedan… Agustín Lara, en su lecho de enfermo desahuciado decía: “me voy, pero me quedo”.

Hay también en Ovidio la tentación de la denuncia. La protesta es inherente a su literatura; eterno fuego de lo que se hizo y no se ha dicho, de lo que pasó y no se ha denunciado, fuego que quema dentro por no haberse apagado a tiempo. Ahogándose está el poeta en el fuego de su propia poesía que se refugia en las entrañas cada vez que dejando a un lado todo, rompiendo barreras del silencio nos atrevemos a revelar nuestra intención de no callar más. Entonces, la poesía irrumpe como una explosión de fuegos pirotécnicos, en el recuento desafiante de una guerra que fue de todos, en el reclamo por las vidas desperdiciadas en las noches más largas de la historia; vidas de indios, mestizos, ladinos, mulatos y zambos: América, cuna de héroes. La denuncia misma de la desilusión, de la sensación frustrante del fracaso, habitando en una ciudad sin ojos ni oídos, ni corazón. Aquí se niega todo porque todos están ocupados comprando o vendiendo las baratijas del neoliberalismo y nadie quiere hacer otra cosa más que eso y los que no tienen nada que comprar o vender, se desparraman entre la gente, mendigando para emborracharse, prostituirse o simplemente mendigando un mendrugo en los promontorios de basura privatizada.

Pero aquí se vive, se sobrevive y se muere también muy fácilmente, se muere como Roque, como Monseñor, somos los Ellacuría, mártires de oración y de poesía, gritando verdades desde el púlpito o el paraninfo, pero después del sacrificio, fugitivos de la muerte aletean sus espíritus como aves migratorias que regresan a pesar de las tempestades; como la muchacha que se fue un día, pero no se fue porque su espíritu está siempre presente en el alma del poeta. Por eso el alma del poeta está fundida con el alma de los mártires, porque él también fue, y es un luchador; su poesía lo resume todo: seguir en la lucha, resta dilucidar otra batalla, escribiendo de lo falso, poniendo ante los ojos de la gente lo inmoral; protestando lo canalla de una sociedad envilecida, sin temor a la muerte: La muerte es una trampa, dijo Gabo, hay que derrotarla escribiendo mucho, para robarle mucha vida a la muerte, aun después de muerto.

Escribir, por ejemplo y Ovidio lo hace muy bien, del ruido y del desorden que taladra los oídos, en el concreto ardiente del gran San Salvador; las prendas traslucidas, modelando redondeces y delatando impúdicos ombligos; del despertar entre los sueños un 15 de septiembre, de próceres nuevos en los escenarios de los parques entre banderas manchadas con sangre campesina repitiendo, balbuceando oraciones y cantos a la patria. Escribir de los nuevos metrocentros ¿Quién sabe de dónde sale tanto pisto?; los bulevares, las torres, los hoteles de lujo de 4 o 5 estrellas, donde no pueden entrar los guanacos, los que maldicen furiosos a su histórica miseria. Asentir con Oswaldo que a esto le llamen patria y se le hacen altares y se le cantan himnos y se montan desfiles y otras bayuncadas para que el pueblo en su enervancia perenne consuma más, la basura del neoliberalismo salvaje. Hablar de la tierra sin hombres y de los hombres sin tierra, sin pan. La selva usurpada en un país donde las huellas del indio se han perdido porque no le han dejado por donde caminar; poner en un libro el clamor de los versos, el rostro y el rastro sembrados en la tierra, sembrada de cruces como ofrenda en esta terrible agonía entre lobos, chacales y vampiros. Contar de los azacuanes inmigrantes que ahora no pueden pasar por la muralla racial: odio del vikingo Trump. De hacerse pan para el hambriento, flor en el desierto de la patria arrasada; del hacerse voz de los sin voz; canción de bienvenida para los repatriados: de ser siempre lo que el poeta debe ser. Abundarán calumnias, injurias, envidias, desdenes, pero no podrán evitar otro golpe certero; las palabras si son bien dichas cambiarán al mundo.  
Escribir con persistencia, confiando en el poder liberador de la palabra.

Páginas aparte. Ovidio nos regala más de su poesía vibrante con ese su estilo vanguardista emotivo y de profunda penetración en la conciencia humana como él lo sabe hacer. En esta poesía, la esperanza aparece como llevando a cuestas el renacer y la liberación. El alma se libera cuando después de todas las tormentas, algo queda, aunque sea solo eso: La esperanza que en el poeta hace brotar palabras del silencio: "Esperándote compañera con mi bandera rota" EL renacer es un coleccionar de futuros; un rearmar rompecabezas que quedaron inconclusos; hacer polvo los temores del pasado; renacer en la poesía en la fuerza de cada verso.

La liberación no es cosa de elecciones. La palabra es el arma contundente; es un río místico limpiando de reptiles y de plagas; alimañas de lo que será la última plaga en el advenimiento de una patria liberada. Liberación es recordar sin recelos a los hermanos que se fueron, con quienes debemos de vernos para preguntarnos qué fue del puño y de la flor; que de la idea y de la lucha... y quién sabe, una recriminación: "Volviste faltando a tu promesa", a encontrarte con el polvo de los años. El ausente volverá como los odiseos a jugar con los niños de su pueblo añorado y caminará de nuevo por las calles empedradas mirando los ojos de todos que es toda nueva una sombra del pasado que se esfumó y ahora solo queda programarse para las ansiedades del fututo, para espacios distantes, para épocas propicias cabalgando en la brisa, también nueva. Disfrutar la música en todos sus componentes elementales llámense: Madonas, Beatles, Bee Gees, cigarras, grillos, ranas, en la ducha tibia de un baño mañanero. Y luego escribir tranquilo, sosegado, a la sombra de un árbol coterráneo, sobre cómo Adán y Eva se perdieron en el paraíso; de la crisis energética en Honduras; de bananas y sindicatos; de las grandes heladas en Brasil; de las marchas en Cuba contra las políticas migratorias gringas; de los poetas apolíticos que se tragan la saliva para no quedar mal con sus protectores: dioses de la prensa libre, entre comillas; hablar de Sebastián en Londres, de la torre de Big Ben, el Thames river; con su caca pegajosa los palacios majestuosos. Hablar del país, de la patria, de los despatriados, de los sueños de hacerla nueva de cal y cantares, acicalando todo, desde el parpado amoratado hasta el remendado corazón. Como manchas, poesía en varios actos, miradas introspectivas de sucesos que tratados con habilísimos juegos de retrospección nos lleva a mirar desde dentro lo que pasó en la conciencia de los lacayos que al servicio de las tiranías cumplieron tareas de exterminio feroz. El morbo patológico de la muerte acosando interioridades: como hileras de hormigas se desplazan los condenados entonando canciones de lucha. A veces el verdugo desfallece no se sabe si de ansiedad o de miedo, el pánico corroe, y vienen y ya se siente un latir de corazones. Las simientes del amurallado cuartelón de estilo colonial tiemblan estrepitosamente... El grito militar resuena, es la orden... Es la orden, el grito del exterminio brutal. El miserable que vende su alma al diablo por una bolsa de dinero que antes eran colones, pero hoy son dólares manchados de sangre. Treinta míseras monedas crucificaron a Jesús. ¿Cuántos pesos o dólares fulminaron el corazón ardiente y amoroso de Monseñor Romero...? Pero no los mataron y la ira de los justos reventó ayer y revienta hoy en el recuerdo de todas las barbaries; y en los noviembres de lucha y de sangre (1989).

La poesía de Ovidio es un rosario infinito de esforzado ejercicio introspectivo y retrospectivo. Sueño: la introspección de un viaje a la eternidad. El silencio introspectivo de mejor callar. La visión del propio epitafio. La visión interior de sí mismo en la ciudad a oscuras en vísperas de la muerte, encadenado en la roja rebeldía cotidiana y cavilando sobre la muerte, el retorno a la vida, a lo que quedó en la historia de encanto... y desencanto.

Todo esto es la poesía de Ovidio. En verdad leer a Ovidio es sumergirse en un mundo lleno de espacios que han sido recorridos todos por el poeta absorbiendo con pasión intensa cada gota de la vida que se encierra en cada paisaje, en cada suceso. El poder de auscultación de espacios, ideas, escenarios y sucesos en sus versos de corte vanguardista, cargados de una visión existencialista de la vida nos impresiona, aunque también son de gran relevancia sus cuadros surrealistas que nos hacen detenernos con frecuencia intrigados; para absorber mejor y a profundidad esos contenidos impresionantemente sugestivos. Esto y mucho más es la poesía de Ovidio González.