sábado, 25 de julio de 2020

Inspiración


(Poema)

José Víctor González

Yo diría si una tarde que se incendia
entre los rojos esplendores del ocaso
contenerse entre las manos se pudiera
te la daría… si tú quisieras por si acaso.

Por qué no regalar ese momento
un verso, un cantar, un pensamiento…
Como el quieto volar de una paloma
que al jardín del Edén nos asoma.

Ah, ya sueño mucho como si fuera
cierto, más yo quisiera…
y una poesía poder escribirte
y con ella poder decirte
que una canción se pierde en tus misterios.

Que cuando al verte me recuerdo
Aquella canción que comienza así:
“¡Lindo capullo de alhelí…!”


José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.

viernes, 3 de julio de 2020

La bella durmiente

 

(Cuento)

René Ovidio González

Ese día milagroso Coralina me dijo que llegara como a las dos de la tarde, hora compasiva y propicia… A pesar del sol desencantador de marzo me fui a la cita, puntual y ansioso. Llegué a su casa, la hoja de la puerta estaba entreabierta. La empujé y con tiento intenté abrir la reja pero no pude: tenía puesto el cerrojo. Penetré con la mirada buscando una respuesta. Me fijé que Coralina estaba dormida en una hamaca. Sin alternativa posible me acomodé en la grada y la observé durante mil años. Quién de los dos soñaría más.  De qué duendes o brujas malvadas huiríamos. A qué hadas encontraríamos sin la desgracia de despertar sobresaltados por el germen de la insolación. Qué monstruos asaltarían sus sueños. En qué personaje conocida encarnaría su aventura: en Alicia, la del país de las maravillas, o en Blancanieves, la de los siete enanos…

Coralina hizo un ligero movimiento. Sus muslos seductores mostráronseme retadores. Dormida como está durante mil años de maldición, se volvió para mí una diosa. O una bella durmiente. Su cuerpo está indefenso, abandonado pero palpitante, invadido de sensaciones impronunciables. Qué soñaría, soñando. Soñaría acaso lo que yo digo siempre a manera de bromear con el santo y también con la limosna: Anoche soñé que estaba despierto y cuando me desperté, seguía dormido. Cómo reiría Coralina. Si supiera que observo embebido la tranquilidad de su sueño, sé que reiría. O quizás su pudor le impediría reír y no soportaría mi implacable mirada… 

Lo que digo solo son conjeturas: ella duerme a profundidad y yo me pregunto en qué sucesos andará metida. Qué espacios cruzaría como sombra sin la compañía de guardaespaldas de este admirador suyo. Si supiera que me he quedado aquí, acogiendo en mis ojos su belleza exclusiva, tocado por la espada filosa de su voluptuosidad. Con cuánta ansiedad yo le pediría en secreto a su oído que me hiciera el generoso favor, por lo que más quisiera, de confesarse conmigo contándome en qué ha estado soñando los últimos mil años de su existencia necesaria. Y ella, por lo que más quiere, haría el prodigio de decirme con su dulzura de costumbre: En nosotros, solo en nosotros.
         

Del libro de cuentos El Ermitaño. René Ovidio González. San Salvador, año 2017.

viernes, 5 de junio de 2020

Bicicleta maravillosa


(Cuento)
René Ovidio González

(De cuando fui perseguido por dos policías
 malintencionados, después de salir de mi trabajo)
          
La bicicleta lo sabía: eran policías vestidos de civil. Estiraron el pescuezo para reconocer a su víctima. Aclaro que la víctima sería yo…

La bicicleta intentaría advertirme: “Son policías, o magos pues hacen desaparecer gente. ¡Se la traga la tierra!”

La bicicleta estaba al tanto de todo: entendía perfectamente que la guerra no terminaba. Aunque recién entraba a su fase final. Se negociaba quién sabe qué intereses, poco se supo después.

La bicicleta escuchó decir que mi nombre estaba en unos listados, que tenían fotografías mías. Por eso se esforzaba en no fallar.

La bicicleta percibía que juntos hacíamos un solo cuerpo y que su viveza era fundamental para mi seguridad. Eso explica con eficacia su actitud de aquella tarde…

La bicicleta vio a los dos cobardes vestidos de civil, entonces giró en redondo. Regresó. Viró a la izquierda. Los cláxones de los vehículos sonaron insultantes. Iba en dirección al poniente, huía, buscaba salir sin tropiezos. Los policías se descolgaron para intentar tapar la ruta de escape, desde el soportal del Bazar Primavera.

La bicicleta giró de nuevo en redondo, a la altura del portón de la Alcaldía, entre un concierto de pregones, y estruendos de motores en marcha, y radios en circuito cerrado. No puso atención ni a las radios, ni a los motores ruidosos, ni a los pregones: “Los que van a Pasaquina, Pavana, La Unión”. “Suba, El Amatillo, frontera, frontera”. “A San Miguel, la última, a San Miguel”.

La bicicleta evitó que me agarraran. No me hallaron. Ella los burló. Me llevó por este rumbo al barrio Las Delicias, se fue por el otro lado, sobre la calle que lleva al Estadio Municipal, entró invicta a la carretera, corrió, se esfumó, se hizo invisible. Finalmente me dejó en el lugar apropiado: mi casa.

La bicicleta debió pensar que en la casa los cuilios no se atreverían a husmear. Tendrían miedo. Un miedo enorme a perder. 


Del libro inédito «Desde la piedra encadenada». Registro de Propiedad Intelectual en CNR, San Salvador.



viernes, 8 de mayo de 2020

¿De qué el poema?


(Poema)
René Ovidio González

De reírse uno en su mismísima tumba
De levantar ambas manos
y mostrarlas más que limpias
De lucir un sombrero sobre tu intelecto
al infiltrar un poema con toda propiedad
De tu compañía antiquísima-abuelita-ancianita
De esa bandera que aunque no quieran es mía
y de esa ceiba frondosa de allí
De la muchacha con cámara fotográfica
y zas-zas otro retrato y otro
De tu sonrisa con risa
De llevar un rebelde a la altura del pecho
y de los Bee Gees en la radio
De esas paredes al fondo teñidas de frescura
Del abrazo de la siguiente generación
y de los chicos de escuela que qué es esa jodedera
De ese gran poeta que vivía en México
De mi barba negra-roja-parda-blancuzca
y del perfil de tu rostro
con tu posible estatua-efigie-figura
entre claroscuros
Del reloj arriba en la torre del palacio
que a tiempo cuenta el destiempo
De tu cabello de joven tan largo como el de ella
y de tu caricatura ya viejo-algo-arrugado


viernes, 24 de abril de 2020

Con Duarte aunque no me harte


(Relato)

René Ovidio González

Hasta una canción le cantaban. Díganle que no se meta, díganle que no se meta porque a mi pueblo se le respeta. Los estudiantes universitarios lo recibieron en las calles de San Salvador a tomatazos y huevazos. Muchos imaginaron una entrada triunfal para él, después de casi una década fuera del país, pero no, los cipotes de la Universidad Nacional olfatearon la verdad. EL beso público a la bandera estadounidense, siendo presidente de un estado “soberano”, confirmaría después aquella verdad. La negación de la masacre del caserío El Mozote, en los tiempos de la Junta de Gobierno de la cual era integrante, reconfirmaría la misma triste verdad. Dijo más o menos que, siendo él, el presidente provisional y comandante general del ejército no tenía conocimiento de ninguna masacre, que ese era otro de los intentos propagandísticos de la guerrilla…

Este no era el José Napoleón Duarte de 1972, al que robaron el triunfo en las elecciones de ese año. La fórmula presidencial de la Unión Nacional Opositora (UNO), Duarte-Ungo ganaría los comicios, pero, donde manda capitán no manda marinero, el presidente fue escogido, como era habitual, por la oligarquía y la cúpula militar reinante. Duarte y Ungo abandonaron el nido, y el país sería gobernado por el soldado de turno. De este coronel se hizo una variedad de chistes, pero el que más me hizo gracia contaba de una entrevista a la madre del militar, la cuestionaban acerca de por qué leía el hijo tan despacio sus discursos, y tan silabeado… Entonces la madre explicó con expresión de inocencia y, a la vez, de culpabilidad: De haber sabido que iba a ser presidente, lo hubiera mandado a la escuela…

El bolado es que cuando Duarte volvió, el país estaba destartalado. Corrijo: el país seguía destartalado. Lo había estado desde la llegada de los invasores españoles y lo seguía estando con los modernos invasores norteamericanos. Y Napoleón se lanzó en carrera por la guayaba, por la silla presidencial, por el poderoso poder, creyéndose poder ser poderoso, y haciéndole creer a la gente que hoy sí meteríamos el chuzo a los ricos, y que él, José Napoleón, se quitaba el nombre (parte inmaterial, abstracta de su existencia, pues ya muchas partes materiales, tangibles, le fueron seccionadas con anterioridad, unos cuantos dedos, por ejemplo), si no cumplía las promesas. Que su gobierno no sería como el de aquel que le robó la presidencia en 1972, que decía que no daría un paso atrás en la reforma agraria, pero que salió en carrera abierta de retorno, dejando hasta la guerrera con sus charreteras y condecoraciones ganadas en ninguna guerra; y que el chabacán con quien competía por la olorosa guayaba, era solo eso, un charlatán sin cultura, que lo único que aprendió a hacer, es a ofenderlo a él llamándolo viejo cuto, que lo había escuchado en una radio gritando como loco: “Lo que más le encachimba al viejo, es que yo le diga  cuto”. Y que esos dedos a los que hacía alusión ese sinvergüenza los perdió en la lucha, al ser capturado por el ejército, cuando apoyó el golpe de estado dirigido por el coronel Benjamín Mejía; y que los dedos se los cortaron los soldados…

¡Miren!, gritaba Duarte mostrando los ñuñucos y con la baba deslizándosele por las comisuras, ¡Miren mis manos! Después tocaba sus pómulos saltados: ¡Aquí me golpeaban con las culatas de los fusiles! No quiero que mi pueblo sufra lo que yo sufrí… Y los aplausos no tardaban. En los mitines siempre hay “hacedores de aplausos”. Y “hacedores de vivas”. En medio de los discursos siempre alguien rasga su garganta para hacer más emocionante aquel momento: ¡Viva Duarte! Y los demás: ¡Viiiivaaaa! Después traslapan otra cualidad del candidato, actual o futura, real o ficticia: ¡Viva nuestro valiente Presidente! Y los presentes: ¡Viiiivaaaa! 

Otra modalidad en las contiendas es atacar al adversario en medio de los discursos: ¡Abajo la corrupción! ¡Fuera ladrones del poder! ¡Váyanse ineptos! Y el mar de correligionarios repitiendo: ¡Abajo! ¡Fuera! ¡Váyanse! ¡Se siente, se siente, el pueblo está presente! ¡Con Duarte, con Duarte…! Hasta que el orador, en este caso Napoleón Duarte, se ponía listo y mandaba a hacer silencio para proseguir su discurso, antes de que los agitados seguidores se equivocaran por la excitación del momento y complementaran la frase con la otra necesaria: aunque no me harte.

Hay que decirlo. El ingeniero José Napoleón Duarte era un tremendo orador. Orbelinda y yo, asistimos por curiosidad al famoso mitin. Ella apenas cumpliría diecinueve años el mes en que se realizaría la elección. Yo estaba unos años mayor. Ambos queríamos conocer al famoso líder, en persona, de cerca. La multitud era grande. Y el calor sofocante. Duarte hablaba, hablaba, hablaba. Y gesticulaba, gesticulaba, gesticulaba. De repente mi curiosidad se fue transformando en simpatía, en admiración, ¡hablaba tan bien ese gordo! Los ojos azules le brillaban bajo los párpados agobiados, a ratos perdía el grueso de su voz y quedaba colgando de un hilillo, pero se recuperaba, la transpiración le mojaba su camisa verde, babeaba, movía sus brazos, aplausos, aplausos y vivas. El pueblo le creía. Todos creíamos un poquito…

Cuando bajó de la tarima, la multitud se abalanzó sobre él para saludarlo. Fue cuando yo recordé al Chele Ávila. El Chele Ávila fue por mucho tiempo el compañero de Aniceto Porsisoca, en la televisión y en programas radiales. Programas de humor que me gustaban mucho, por la calidad interpretativa de los comediantes. Aunque en aquella época no habría sabido explicar el porqué. Cierta vez, Aniceto colocó una bolsa con harina sobre el dintel de una puerta cerrada, de manera que al abrir esa puerta, la harina se derramaría sobre el atrevido. Aniceto advertía al Chele, “No la abrás Chele”. El Chele necio por la curiosidad de saber. “La curiosidad mató al gato, Chele”. El Chele de testarudo. “Bueno, ahí ve vos, Chele”. El Chele que abre la puerta y ¡plos!, quedó más chele de lo que solía ser. Aniceto, con la cebadera, teniéndose el estómago de la risa: “Yo te lo dije Chele, te lo dije”.

Lo que sucede es que el Chele Ávila era como la voz gemela de Duarte. En el 72 le contrataron para que, en la radio, le imitara. “Si miento”, decía el Chele emulando al candidato opositor, “Si miento, que se derrumbe esta tarima”. De inmediato se escuchaba el efecto radiofónico de un derrumbe de tarima, y los quejidos de Duarte, personificado por el Chele. Aquello era una genialidad. No había discusión: Duarte mentía…

Aun así, la gente quería saludarlo. Se detuvo entre el gentío. Abrazaba a la gente. Estrechaba las manos extendidas que lo buscaban con avidez. Orbelinda se coló entre la muchedumbre, y yo tras ella, se me escapaba, intentaba detenerla pero se escurría sin que yo pudiera evitarlo. Al fin estuvo cerca del líder democristiano. Duarte, que ya iniciaba la retirada, se detuvo. Alargó su brazo y estrechó la mano delicada de aquella jovencita de diecinueve años, de ojos amarillos y cabello castaño, que se acercaba entre el remolino de simpatizantes. Duarte sonrió de una manera impecable, ahora sabía con seguridad que ganaría las elecciones, no porque los gringos se lo hubieran prometido. Ni porque la Fuerza Armada pactara con él, sino porque sí, ganaría, así como triunfó en 1972.

Me miró con una mirada fugaz. Esperaba quizás mi saludo, pero mi instinto me detuvo. Y deteniéndome me rebelaba a la realidad futura. En mis oídos percibí una tonada familiar pero con la letra modificada: Díganle que no se meta, díganle que no se meta, porque aquí le romperán la jeta. No era la orquesta Zúniga, era el grupo Cutumay Camones.  Luego oí con claridad estereofónica los alaridos de la plebe: ¡Con Duarte aunque no me harte! ¡Con Duarte aunque no me harte! La alegría de los cuscatlecos no duraría mucho con el gobierno verde del ingeniero…

A escasos metros del candidato esperé a Orbelinda. La esperé para enfrentar juntos la tragedia que sobrevendría en el transcurso de los tiempos presentes que empezaríamos a vivir, siendo José Napoleón Duarte presidente de El Salvador.


Fotografía del libro Historia de El Salvador, Tomo II, 1994. MINED.



viernes, 10 de abril de 2020

Cienfuegos


(Poema)
René Ovidio González

Cienfuegos es joya entre las joyas de Cuba.
¡Qué monumento de ciudad imaginaron sus autores!
¿Sería  otra Venecia? ¿O sería otra París?
Cienfuegos jamás cambiaría nada que le pertenezca
por nada de  lo hermoso de esas urbes modernas.
¡Ah, si las calles fueran canales!
¡Ah, si el Sena desembocara en la bahía!
Caminar por un alegre bulevar bullicioso,
próximo está el Malecón y es suficiente:
el mar Caribe dormitando adentro de su límite
y brisas del sur retozando entre barcos fondeados en la ría.

No tendría torres Eiffel  ni arcos del Triunfo.
¿Para qué  necesita arcos y torres
si solaza las miradas de riquezas arquitectónicas?
Un Teatro Tomás Terry,
un histórico Colegio San Lorenzo, el Palacio de Valle...
Inquieta y radiante de sol como está,
desde el Malecón, en la ribera salobre,
se descubre su hermosura diamantina
al abrazo de su vigorosa lozanía.

Cienfuegos: planicie perfecta y trazo matemático.
La deslumbrante lejanía reverbera
exhibiendo en dimensión inmensurable
las oscuras espigas humosas de los Centrales Azucareros…
¿No es aquella silueta profunda y difuminada
el imponente macizo montañoso?
¿No es aquella mancha grisácea la serranía de El Escambray?

Cienfuegos es la huella fresca
del transitar de Tania rumbo a la historia.
Aquí anduvo Fidel con su tropa el 7 de enero de 1959.
Aquí nació, refieren, la legendaria Cubanita
en las luchas de Martí…

Benny Moré lo dijo:
«¡Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mí!»
¿Y cómo no?



viernes, 27 de marzo de 2020

El beso de la muerte...


(Cuento In memorian)

José Víctor González

Continuación…

Un día, la noticia más nefasta tocó las puertas de aquel hogar: su pitagórico cerebro no aguantó más..., y los esqueléticos brazos de la muerte cargaron con su alma hacia el más allá...

La comunidad entera se vistió de riguroso luto. Aun cuando el Profesor no era nuestro coterráneo todos sentimos su partida hacia la eternidad...

Las sombras nocturnas cayeron, en un instante cubrieron con su obscuro manto las estrechas y entristecidas calles del vecindario en el cual crecí; mientras las llorosas gentes comenzaron los preparativos para la velación del Maestro.

Se acercaba la medianoche, y ya sabía que debido a mi corta edad mis padres no me permitirían desvelarme a pesar de vivir muy cerca; así que solamente decidí esperar por ahí un tiempo, y la mitad de otro; mientras "pasaba el tren"...

De pronto comenzó la repartición: algunos ya habían conseguido cartas para jugar y empezar a matar el tiempo...

Otros, mayores que yo, ya fumaban los cigarrillos que repartían selectivamente o que cargaban de antemano en sus bolsillos...

Los que nunca faltan en estas ocasiones, hacían círculos de amigos un tanto alejados de la casa donde se velaba el cuerpo y contaban chistes como aquel que relataba el caso del solterón empedernido : "Había un  tipo que se había quedado solterón y que aún vivía junto a su madre y cuando le preguntaban cuándo se iba a casar él respondía:  Me voy a casar cuando se muera mi mamá..., y cuando llevaban el caso a su mamá, ella respondía: Yo no me muero hasta que él se case...", y así contrarrestaban la ausencia y el dolor. Unos pocos ya bebían café y comían pan...

Aun cuando de repente llegó don César a narrarnos el cuento de "La apuesta", yo seguía triste y desesperado, no veía "nada claro", acurrucado en una esquina junto a otros chicos que corrían con la misma suerte...

De pronto decidí despegarme del grupo e ir a indagar lo que estaba pasando al interior de la casa mortuoria; quería yo saber la razón por la cual la repartición no era justa. Pronto mi madre me daría un grito y no deseaba irme a descansar sin echarme un bocadillo...

Silencioso crucé por entre los árboles del solar, de sur a norte, y me colé por entre las mujeres sollozantes que hacendosas colaboraban en todos los agencios de la velación.

El continuo movimiento de las gentes me fue empujando hacia adentro. Yo volvía a ver constantemente hacia atrás con la esperanza que alguien se dignara ofrecerme una tacita de café caliente y un pedazo de buen marquesote y así, distraído como andaba...   (más bien, ocupado en mi objetivo) jamás me di cuenta que había ido mucho más lejos de donde quería llegar y de repente, me encontré parado dentro del mismo lugar en donde estaba ubicado el féretro conteniendo el cuerpo del citado Profesor...

Grande fue la impresión que me llevé... ! Estremecido en lo más hondo de mi corazón me olvidé por completo del motivo que me llevó hasta ese sitio de la casa, para ser testigo sin quererlo de algo insólito que a continuación les relato:

Fue así que: como cuando un paramédico intenta dar toques al corazón a alguien que tendido yace inconsciente, aquella joven mujer, enamorada, presa de intensa emoción, acariciaba, abrazaba y besaba incesantemente al cuerpo inerte, y con frío particular y no con amor le respondió la muerte...

Varias veces le llamó por su nombre pero sus labios no respondieron, mientras lo que mis oídos escucharon no daban crédito lo que mis ojos también vieron...

Los familiares la sostenían fuertemente, y ella, se retorcía presa de dolor...

Y su angustioso llanto el viento se lo llevó como un rumor.

Escenas terribles que más valiera no recordar...

Esto es lo que el amor incita, pero que llegada la muerte ni el beso más profundo resucita...

En intensa lucha cuerpo a cuerpo se trabaron un momento, la muerte y la vida de tal suerte...  el calor y el frío, los gritos y el silencio... y una vez más ganó la muerte...!

No tuve otro remedio que buscar precipitadamente la puerta que accedía hasta la calle y escapar de aquella sala desapareciendo en un instante para irme a dormir, no sin antes renunciar por completo a mi cometido.

Al día siguiente se celebraron las honras fúnebres, las cuales fueron apoteósicas...

Yo seguí el cortejo funeral a prudente distancia pues no deseaba volver a presenciar lo de la noche anterior: aún estaba impresionado...

Rembrandt del Portal se quedó entre nosotros y se convirtió en uno de nuestros inolvidables fieles difuntos...  Descansa en Paz.


Fotografía: Monumento funerario al torero español Joselito “El Gallo”, en Sevilla. Obra de Mariano Benlliure.

José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.