lunes, 9 de octubre de 2017

El Che en mi memoria



(Historia)

René Ovidio González

Era octubre de 1967, cursaba yo el segundo grado.  Para mí sigue siendo un misterio inextricable cómo llegó a mis manos aquel periódico.  Un diario de circulación nacional. Fue así que descubrí la noticia: había muerto el Che. La información contaba palabras más, palabras menos que “el terrorista argentino-cubano Ernesto Che Guevara fue muerto en combate por el ejército boliviano…”
    
Desconocido para mí aquel personaje, leí una y otra vez la noticia, examiné con detención la fotografía, una fotografía del Che con mirada baja y en la que destacaba la boina en su cabeza, y al hacerlo comprendí que algo no encajaba. En aquel momento la idea de “terrorista” que yo debía manejar sería terriblemente vaga, estrecha, inexacta. Aquel rostro, no obstante, no podía ser el de un terrorista. El de la mirada baja parecía ser un buen hombre, y ciertamente era un buen hombre. El periódico que lo etiquetaba con ese mote mentía. Eran los verdaderos terroristas quienes calificaban al Che sin ningún pudor.

Corroboré, con el transcurso de los años, que mi apreciación de niño era correcta. Que no había equivocación. Investigué mucho, leí más. La vida del médico guerrillero se presentó, desde su nacimiento en Rosario, Argentina, sus viajes por diversos países, su incorporación a la lucha de liberación de Cuba, su gran propósito de dignificar a los pueblos oprimidos de Latinoamérica y el mundo, en fin, su férreo antiimperialismo.

El retrato que yo tengo en mente de Ernesto Guevara de la Serna, es el de un auténtico ser humano, un muchacho excepcional, un heroico ciudadano del mundo. Un hombre singular de accionar congruente con sus ideas, las que desarrolla ampliamente en sus múltiples escritos. Tal vez por eso mismo Fidel indica que cuando los cubanos digan cómo desean que se eduquen sus niños, deben decir sin vacilación que quieren que se eduquen en el espíritu del Che.

Siempre tuve la seguridad de que algún día visitaría el cementerio donde reposaran los restos de ese  patriota latinoamericano, y vaya que la vida sí es cosa grande: un día, mejor dicho dos días continuos, visité el Mausoleo y Memorial del Che en Santa Clara, ciudad del centro de Cuba. Estar a un metro del nicho donde duerme eternamente el Comandante, muy cerca de donde también descansa su tropa, sus compañeros de gesta, es algo que no se puede estampar en solo palabras…

Una amiga santiaguera Adela es su nombre, residente en Santa Clara desde pequeña, me narró detalles de cuando llevaron los restos del Che de La Habana hasta el Mausoleo en esta ciudad: “Toda la gente estaba en la calle esperándolo, no se podía ni caminar, no cabía más nadie, aquello era conmovedor: ¡todos lloraban! Mira que traían al Che, y ya tú sabes…”

Por esos antecedentes he escrito dos poemas en memoria del Jefe Rebelde. Al primero lo titulé Che Guevara, y al otro Un hombre, en alusión a una frase leyenda o realidad, no lo sé atribuida al Che y expresada a la hora que el asesino entró al salón de escuela rural donde él permanecía prisionero. Al vacilar el verdugo, y sabiendo el Che a lo que iba, dicen que le dijo: “Dispara, cobarde,  vas a matar a un hombre.”


Fotografía tomada por René Ovidio González: Memorial del Che en Santa Clara, Cuba.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Meme Maravilla: un médico falta


(Historia)

René Ovidio González
Julio 30 de 1975. Día miércoles. 4:30 de la tarde. La policía y la guardia nacional reprimen violentamente una marcha de estudiantes universitarios a la que se habían sumado estudiantes de secundaria y bachillerato. Quien gobierna es el coronel Arturo Armando Molina, y quien da la orden de dicha acción es el general Carlos Humberto Romero, ministro de defensa. Dos años más tarde Romero sería presidente del país…
Manuel de Jesús Maravilla Aparicio, un joven de veintiún años originario de Santa Elena, del oriente salvadoreño, estudiaba la carrera de medicina en la Universidad Nacional. La noticia lo impacta y lo marca para el resto de su vida: cuatro años que dedicaría a tratar de cambiar las condiciones en las que se debatía su patria. Varios de sus compañeros de estudios resultaron asesinados durante la protesta.
Según testimonios de participantes en la marcha, los cuerpos represores estaban a la altura del paso a dos niveles, cerca del Seguro Social, disparaban y lanzaban gases lacrimógenos. Atacaron a quienes encabezaban la marcha. La multitud estudiantil empezó a retroceder, pero las tanquetas cerraron el paso, aplastaban a los que habían caído, a los heridos. Muchos se lanzaron desde el paso a dos niveles, otros se refugiaron en el hospital cercano, algunos huyeron sin darse cuenta cómo…Los estudiantes desafiaban al régimen militar de Molina y Romero, y la alegría, los cantos, las consignas con que inició la marcha se transformaron en tragedia nacional…
Mirna Perla, entonces de veinte años y con el pasar del tiempo magistrada de la corte de justicia, cuenta rasgos de lo sucedido: Yo me tiré del paso de dos niveles, me fracturé la rodilla izquierda y un grupo de compañeros me llevaron (sic) al Hospital Rosales de donde me sacaron a las 11 de la noche. Ahí estaban los policías buscando los heridos de la marcha, estudiantes de medicina en ese momento muy valientemente nos ayudaron, nos sacaron y expusieron sus vidas…
Dimas Castellón, en aquellos días estudiante del CENAR, otro de los que se manifestaban y que usaba el cabello extremadamente largo hasta llegarle a la cintura, ha dicho: Para nosotros el pelo largo significaba libertad y por libertad era que marchábamos.
Meme, como le decían sus amigos a Manuel de Jesús, también usaba el pelo largo, aunque no tan largo como el de Castellón. Solía hacerse una pequeña cola, y le favorecía el hecho de que su cabello era muy liso, de un color casi castaño.
Sus hermanos mayores José Eduardo y Marta Virginia recuerdan que desde niño a Manuelito le gustaban las artes, la participación en dramas, en actos culturales. Mencionan que en cierta oportunidad hizo el personaje de José Matías Delgado “por su nariz que resaltaba un poco, no como la mía que es chata...”, afirma Eduardo con una sonrisa. Su inquietud fue algo natural, le encantaba aquel juego semejante al tenis, que se practica sobre una mesa, con pelota ligera y con palas pequeñas de madera a modo de raquetas, es decir, el ping pong.
También le gustaba la poesía. Escribió algunos poemas, pero todos se perdieron. Su familia no los conservó. En síntesis bien se pudiera decir que tenía una facilidad para la socialización, aparte de una afición por las artes marciales que lo perseguiría hasta el final. “Meme se reunía en un gimnasio donde aprendía karate. Ese gimnasio quedaba por aquí cerca, en el barrio”, expresa Daniel Guevara, quien además del parentesco con Manuel de Jesús lo acercaba a él una gran amistad. Y agrega: “Aunque yo pienso que ahí era un sitio de reuniones de la gente que ya empezaba a organizarse.”
Habla Eduardo: “Sí, pero también allá en San Salvador estuvo aprendiendo karate, él tenía su traje y su cinta. Tenía una cinta verde. Él tomaba en serio aquel aprendizaje.” “Vivía en una zona casi marginal, El Níspero le decían al lugar, en Mejicanos. Y cuando sucedió la masacre, eso lo marcó para siempre. A los veintiún años se enroló en AGEUS. Yo conocí al dirigente de esa organización: le decíamos el Chele AGEUS, del nombre no me acuerdo.”
Eduardo, siendo pionero de ANDES 21 de junio, conoció a la dirigente histórica de la asociación de maestros: Mélida Anaya Montes, llamada después Ana MaríaMarta Virginia, que poco ha hablado durante la conversación, parece emocionarse al escuchar este nombre: “Conocí y admiré a esa mujer, y en honor a ella Ana María, mi hija, se llama así.”
Para los días de la masacre de estudiantes Eduardo ya estaba organizado. En una de las cinco organizaciones que en el futuro conformarían el FMLN de la guerra. Eduardo recuerda a algunos de sus compañeros de organización o con los cuales tenía algún contacto: Roberto Muñoz, Reynaldo Barías Morán, Rigoberto Bran, Oscar Bran, Mauricio Rivera Zelaya, Meme Chávez, Oliverio Saravia y otros. Entonces Manuelito le recriminaba su labor clandestina: que pensara en su familia, en sus hijos, en su trabajo…
La situación en El Salvador se ponía color de hormiga: al profesor Chávez lo mataron en junio de 1979 y a Barías Morán en junio de 1980. Los demás rebeldes, en su mayoría, optarían por el exilio. Menos Eduardo, debido a que su mamá hizo una advertencia terrible, se haría daño si él se iba. “No estoy dispuesta a perder otro hijo”, aseveró la dolorida madre.
Eduardo explica: “Manuelito se incorpora a la AGEUS después de la masacre, al saber de sus compañeros muertos… A veces tenía que cumplir tareas de seguridad en los alrededores.” “Claro, nosotros sabíamos de sus actividades, aunque, por mi trabajo y su estadía en San Salvador casi no nos veíamos, no coincidíamos en la casa. Ni Marta Virginia ni yo teníamos una relación política con él. Cada quién en lo suyo.” 


        

Casi cuatro años después, el Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua gana la guerra al ejército gubernamental y entra triunfante a Managua, la capital. En la Plaza de la República, la población entera celebró la derrota de la dictadura somocista aquel 19 de julio de 1979, y dio inicio la transformación del país. Entre otras acciones se nacionalizaron los bancos y se realizó una exitosa Campaña de Alfabetización…
Meme se alegró por el triunfo sandinista. Daniel Guevara lo recuerda de esta manera:
¡Derrocaron a Somoza! dijo emocionado, ya vas a ver, pronto van a caer en El Salvador y entonces va a ser diferente, mi sueño va a ser más fácil… Me agarró de la mano y se paró frente a la casa: Voy a instalar una clínica popular para atender a la gente más pobre del pueblo, a los más humildes.
Ese sería el sueño irrealizable de Meme. Quería servir a su gente descalza, a su gente sin pan. Y Daniel continúa diciendo:
Pero Meme, como cariñosamente le llamábamos, encabezaba aquella manifestación. Sus manos, junto a las manos de otros compañeros sostenían la enorme pancarta estudiantil, y su garganta gritaba por justicia para los desposeídos de su patria.
La marcha se efectuaba el día viernes 14 de septiembre de 1979. Los noticiarios televisivos  y radiofónicos daban a saber al público, a su manera, las incidencias de la manifestación de universitarios. La protesta exigía la liberación de estudiantes capturados y torturados en las mazmorras de los cuerpos represivos. Las noticias hablaban de disturbios. Uno de esos informativos se atrevió a dar los nombres de los asesinados… Manuel de Jesús Maravilla Aparicio, estudiante de cuarto año de medicina…
Habla Eduardo: “Yo estaba en Jucuapa. Y mi mamá estaba conmigo. Lo que es el corazón de una madre: al oír la primera noticia, ella dijo: ¡Manuelito! Como presintiendo la desgracia… Cuando dieron la otra noticia, mencionaron los nombres de los masacrados y entonces oímos el suyo: Manuel de Jesús Maravilla Aparicio, estudiante de cuarto año de medicina…” 
“Solo tenía 25 años. Siete más murieron con él. Me dispuse a ir a traerlo. Por cierto la gente no quería que yo fuera. No hallé en Jucuapa a nadie que quisiera hacerme el viaje. Tenían pánico. Y me dije: en Santa Elena debe haber alguien que se arriesgue. Cabal: vino Luis Fernando Águila y me dijo que en lo que pudiera ayudar me ayudaría, que allí estaba su vehículo, que fuéramos a traerlo. También vinieron Goyito Ramírez y Leónidas Bonilla. Nos fuimos…”
Marta Virginia aclara: “A Manuelito lo llevaron a una clínica, al parecer ya iba muerto, la bala penetró arriba de su cabeza, y la parte occipital la tenía destrozada.”
Se asegura que fueron francotiradores de la guardia y la policía apostados en los edificios aledaños. El ataque ocurrió en las cercanías del hospital Primero de Mayo del Seguro Social. Lo afirmado por los hermanos Maravilla Aparicio, da a la versión apuntada sustentación suficiente para considerarla verídica. Y hay un detalle interesante en esta historia: Carlos Mario, el menor de los hijos de Meme, y Mario Ernesto, hijo de Marta Virginia, prometieron ante la tumba del joven revolucionario, que coronarían la carrera que él dejara inconclusa. Así fue: ambos son médicos ahora. Carlos Mario jamás conoció a su padre, pues nació tres meses después de su asesinato. Lorena Yamileth y Manuel de Jesús, sus otros hijos, tal vez apenas lo recuerden.
Después vendrían para Marta Virginia hazañas heroicas en el transcurrir de la lucha guerrillera. Daniel afirma conocer detalles de algunas de esas acciones realizadas por ella, por ejemplo la vez que la joven profesional atendió un parto de emergencia en medio de un algodonal, o el evento del paquete que tuvo que trasladar en bus desde Ozatlán hasta Usulután, siendo que el paquete contenía explosivos.
Marta Virginia esperaba el bus en una de las entradas de Ozatlán, alguien se le acercó y puso el paquete junto a ella, le dijo que debía bajarse en Los Pinos y que allí pusiera el paquete y esperara; le dio el santo y seña, y que iba a llegar un compa. El problema era que adelantito de donde esperaba el bus estaba un retén de soldados. El mismo cobrador cuando subió el paquete al bus le preguntó: ¿Y qué lleva en esta caja señora, que pesa tanto? Los soldados revisaron el bus y es probable que no vieran la caja. Los explosivos llegaron a su destino. Es que ella era enlace de los compas en aquella zona.
Ella no ha querido contar pero ahí en su casa estuvo curándose Leónidas Bonilla, el comandante Jesús, al ser herido en combate.
“Esta casa se convirtió en hospital, pero ese tema es de ella.” Y Eduardo señala a Marta Virginia…Enfermera de profesión puso sus conocimientos al servicio de la lucha revolucionaria. Pero Eduardo, impulsivo, sigue narrando la odisea que vivieron al llegar ya entrada la noche a la Universidad, en donde tenían los cadáveres de los jóvenes asesinados:
“Querían llevarlos a la Iglesia El Rosario. Para enterrarlos ahí. Se negaban a entregarme a Manuelito. Entonces hablé con el Chele AGEUS, le aclaré que a mi hermano aquí lo esperaba una familia, todo un pueblo lo esperaba. Solo así pude convencerlo. Los forenses hicieron el papeleo y me lo dieron. Eso sí, se vinieron dos miembros de AGEUS con nosotros.” “El día 15 lo enterramos, fue un entierro multitudinario. El desfile de ese día se suspendió.”
A partir de entonces, un médico falta en el pueblo. Meme, o Manuelito, tal lo llaman sus hermanos, es otro de esos mártires imposible de olvidar, sacrificado mientras defendía sus ideales. Por eso Daniel Guevara pregunta de manera poética: ¿Olvidarte Manuel? Y aclara para la posteridad: Una bala impactó en el cuerpo de MemeUna bala asesina como era el que la disparó, creyó acabar con el sueño de Manuel, pero no pudo, porque como dice la canción: “Ya no vivo, pero voy, en lo que andaba soñando, y otros que siguen peleando, harán nacer nuevas rosas, y en el nombre de esas cosas, todos me estarán nombrando…”
Todos lo están llorando. Todos lo están nombrando. Todos llevan consigo un vacío, una angustia. Entre ellos Juancito Velásquez que, con el dolor y con una impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo pintados en su rostro, expresa: “Nos quitaron a Meme. Pero cuando un compa cae, cien se alzan.” Que así sea.
San Miguel, mayo 24 de 2017.

CENAR: Centro Nacional de Artes.
AGEUS: Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños.
ANDES: Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños.
FMLN: Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Guerrilla histórica.
En la primera fotografía: Meme en el área rural de Santa Elena, atrás un niño desconocido. En la segunda fotografía: Meme, su mamá y varios niños. Los dos primeros son sus hijos: Manuel de Jesús y Lorena Yamileth. Los otros niños son los hermanos Soto Aparicio.

sábado, 5 de agosto de 2017

Mi duende literario


(Poema)

J. Osmín Aparicio

Desde las mismas entrañas
entre prólogo y sudor
nos hicimos nudo ciego
en nuestra Gema de Oriente.
Torrentes de humildad
brotaban en cada poro
y el aura de dignidad
en tu singular sombrero.
Luciérnagas testimoniando
un reencuentro de hermanos,
uno laureado escritor
y el otro un cantautor.
Tus versos llenando páginas
y de epílogo mis acordes,
a ti… mi duende literario
de la piedra encadenada.



J. Osmín Aparicio, cantautor de Santa Elena, ciudad del departamento Usulután, El Salvador. Osmín llama a su ciudad natal "La Gema de Oriente".


sábado, 1 de julio de 2017

El vagabundo de la ciudad desierta


(Cuento)

René Ovidio González
                                                          
¿No ves que sigo aferrándome a la razón?

Las frías baldosas de los corredores de las casas de la ciudad conocían su presencia nocturnal. Su demencia era inusual. Según frecuentes insinuaciones se originó por antiguos amores frustrados o traumas de adolescencia, de donde le devino un insaciable deseo de leer. Sus lecturas eran casi rituales y las había practicado a diario a lo largo de muchos años.
          
Durante las tardes llenas de hastío, colmaba su tiempo de lecturas prohibidas por la censura de la época, hasta que, sorpresiva caía la noche, gélida noche; y él, vándalo de la verdad, advertía su arribo agradable y envolvente. Meditaba. Luego con sagacidad evadía la vigilancia siempre contritiva de las gentes y con pasos seguros deambulaba por las calles de la ciudad desolada…
          
Era en las altas horas de la noche. El solitario noctívago curiosamente miraba la indiferencia del lejano firmamento repleto de luceros; espléndido e intrigante. Y al suave murmullo del silencio se entregaba a sus sueños magnánimos de idealista acosado por una dura, trágica y cruel realidad.
          
Huésped amistoso de las calles se movilizaba con derroche de parsimonia, trajinaba ataviado de un hastío perenne y una tragedia habitual; dicen que lloraba de amargura, que con sus lágrimas escribía páginas epopéyicas de su pueblo; dicen que movía su cabeza como sacudiéndose una pesadumbre; ciertamente buscaba el lugar idóneo donde refugiar su tormento, donde esconder su pena; es probable que buscara, y con razón, alejarse del género humano…
          
Era un soñador perdido en los senderos de sus sueños. Era el vagabundo de la ciudad desierta… Era a ratos el poeta, era el cuentista de siempre, el amigo olvidado, un actor ignorado en el teatro de la vida.
          
Auscultaba minuciosamente todos los signos del cielo y revolviendo sus ideas, transitaba las rutas en penumbras: cruzaba por las viejas aceras, por las anchas y frías baldosas de los patios de las casas solariegas; y al ocaso de sus paseos ritualistas bebía sorbo a sorbo el brebaje de su pesar y de su soledad, desandando con prisa el trecho recorrido, regresando a su rutinaria devoción por los libros. Y mientras leía la gente pensaba, viéndolo sumergido en sus plácidas lecturas, que estaba demente…


sábado, 6 de mayo de 2017

Conclusión


(Poema a la Madre)
José Víctor González

Por fin que seas tú
aquella en la que siempre
confíe mis anhelos, mi voz y mi ventura;
aquella que al par de su hermosura
en mi largo sendero rosales nuevos siembre.

Donde aspirar su perfume, donde manso
el  vivir de los seres sea un descanso.

Por fin que seas tú
aquella que en su encanto
me envuelva entre sus brazos; fresco manto
de aguas cristalinas donde se abreve
el alma y su vida no sea breve.

Ahí donde orar, un templo,
donde vivir un tiempo sin tiempo.

Por fin que seas tú… remota lejanía
donde encontrar mi origen una esencia,
una nota, una luz en mi inconsciencia,
musical instrumento, curiosa melodía.

Y al ir caminando no perdernos.
De tu mano tomado hacia lo eterno.

Aurora que en continuo movimiento
las corolas de las rosas vas abriendo.

Si es tan solo para depositar la luz
por fin que seas tú…
Por fin que seas tú…

           
          Ilustración: mejorconsalud.com 
          
          José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada. 

sábado, 4 de marzo de 2017

En estas andábamos



(Relato)

René Ovidio González

Continuación…
         
Desde aquellos entonces, intentamos a como diera lugar ser nosotros mismos, y mantenernos más cuerdos que un recuerdo y más radiantes que un foco en compañía de una foca, para no caer en fanatismos innecesarios. Fue así que logramos acercarnos a la música de grupos de prestigio. Sonaban con ganas los Bee Gees, geniales; el grupo Abba, que nos impresionó con su célebre Chiquitita y con todas sus canciones; Eagles y su Nuevo Chico en la Ciudad o su Hotel California, Queen y su Rapsodia Bohemia o su We are the Champions. De ribete los ídolos de Liverpool, Los Beatles, no pasaban de moda: son gustos que los chicos de hoy no se dan, pues los muchachos actuales son como los bolos, les ponen un sabroso refresco de fruta de tamarindo o de piña y un vaso con guaro, escogen sin titubear el guaro...
         
Olvidábamos decir, como dice el otro poema famoso, aunque él en singular y nosotros en plural, pues por línea filosófica o costumbre siempre lo hacemos en colectivo, olvidábamos que sin qué ni para qué, un día cualquiera que no quedó registrado en la historia, leíamos las coplas de “Martín Fierro” en una hamaca del rancho viejo donde vivíamos, cuando se armó un desparpajo en la calle vecina: nuestra madre entró asustada y sin hallar qué hacer corría de un lado a otro. Hasta que soltó el nudo que le atragantaba la voz: un hombre mataba bien muerto, a filo de machete bien filoso, a otro hombre. Este se dejaba matar solo por aparecer, casi treinta años después, en un escrito que escribiría el lector de “Martín Fierro” de ese lejano día, sin saber el muerto de hace treinta años, que el cipote lector de las coplas del gaucho lo recordaría, con el respeto que se les debe tener a los difuntos, por su sobrenombre, al que hizo honor, pues que le maten así a un hombre es y será siempre un acto de mala muerte, perdón, quisimos decir: mala suerte.
         
Pero a lo que queríamos llegar se nos ha ido alejando cada vez que lo intentamos. Y existen infinidad de hechos que los hemos deshecho o desautorizado, para no contarlos, por motivos de espacio o por álgidos. Deseamos explicar, que aquella práctica, la de leer, se nos hizo necesidad vital a partir de “Martín Fierro”. Desfilaron entonces frente a nuestros ojos mirones, obras de la narrativa latinoamericana, “Doña Bárbara” fue una de las primicias que saboreamos; “Amalia”, “María”, y después “Jaraguá” de Napoleón Rodríguez Ruiz, y después de los después las novelas de García Márquez,  las obras de Juan Rulfo, las de Hemingway; la poesía de Darío, la de Whitman, su Song of Myself, por ejemplo; la de Pablo Neruda, sus Veinte Poemas de Amor... Desde que  principiamos leyendo no hemos parado de leer. Y cuando nos cansamos de leer, descansamos leyendo. Creemos que éramos nosotros de los escasos estudiantes que solicitábamos libros a la biblioteca del Instituto Nacional, donde estudiábamos el bachillerato académico, sin que se nos pidiera de tarea. Doña Haydeé, la bibliotecaria, seguro se sorprendería ―aunque con el transcurrir del tiempo tal vez no lo recuerde― siempre que llegábamos, “Présteme ese: La hora veinticinco, ¿de qué autor es...?” Y lo leíamos, sin conocer siquiera la procedencia del escritor.
         
No olvidaremos nunca la camaradería que sosteníamos con Sebastián Zepeda y Mauricio Bejarano. Con ellos nos íbamos, en días de asueto semanal, adonde Moisés al cantón El Volcán, con la idea idealizada de los cocos o de los mangos de clase, o los jugosos marañones que allá conseguíamos. A veces, en broma repetíamos el trabalenguas: compadre cómpreme cocos no compadre no compro cocos porque como pocos cocos como pocos cocos compro. Después sustituíamos la palabra “cocos” por la palabra “mangos”, o por la otra: “marañones”. Un día de aquellos, hallamos mal puesto a Moisés, y siendo el único que escalaba los elevados cocoteros, no pudimos convencerlo que subiera. Por toda respuesta Moisés reía su risa de hombre roncero y aseguraba con mucha serenidad: “Yo estoy defuerzado, no puedo trepar. Trepe uno de ustedes...” Al final nos conformó con mangos en abundancia y con flores del arbusto de izote, para que nos cenáramos la flor nacional de la nación...
         
El padre de Moisés, un señor muy trabajador, trabajaba y trabajaba sin parar. Y cuando le daba por platicar, platicaba y platicaba sin parar. No estamos seguros pero, ojalá el encanto de la memoria no nos traicione, al parecer fue él, que en una de esas pláticas dijo como bombazo: “Dios fue hecho a  imagen y semejanza del hombre”. Y nosotros, preocupados por los cocos y no por el supremo hacedor ni por ningún ángel en gracia o en desgracia, no reparamos en aquella bomba atómica, porque nos confundimos: habíamos oído la frase bíblica y pensamos en serio que así la leían en sus rollos los sabios antiguos. “Esa es la pila de los pobres”, nos dijo cuando indagamos el por qué del tanto trabajar, “...engañarse y creerse que algo hay qué hacer, que se tiene trabajo y que, desde luego, habrá una recompensa por el sacrificio: Dios habría de bendecirnos y premiarnos con abundancia si no aquí en la Tierra, en el otro lado sin falla, no cabe la menor duda...”
         
En tan sabrosas pláticas surgieron ideas que, nubladas por incomprendidas en su tiempo, a la vuelta de muchos años aclaran con mucha perspicacia el curso de la historia actual y la desactualizada: sin duda en el relato de Sansón y Dalila hay una verdad escondida, camuflada, que sí, desde luego, que las tijeras, y que la embaucadora, impensada estratega, y que si la fuerza del forzudo estaba en el cabello crecido o en la luenga barba sin peinar que se manejaba. La respuesta es exclusividad de la bella mujer quitapelo, estilista profesional. Aunque nosotros decimos, sin miedo a que avienten la siguiente piedra, que antes que peluquera, la tal Dalila era barbera, pues sin que nadie lo haya insinuado siquiera, aseguramos la novedosa pretensión que fue la barbota y no el pelote, la que peló la chica rapadora al greñudo de Sansón.
         
Pero bien, volvamos aprisa al hoy y al aquí, y dejemos allá el ayer y el allá. Olvidemos a Sansón y a Dalila, pero no descuidemos la barba. Pues en la barba está la fuerza y la dignidad del hombre, y es por eso que los hombres dignos de la historia humana han sido y seguirán siendo barbudos en su mayoría; y si no reflexionen: el cabello se cae solo, uno a uno sin motivaciones lógicas se debilita. La barba en cambio, no. La barba permanece creciendo en permanente crecimiento. Hasta aquí llegamos. Pues hemos tenido de súbito el impulso abrumador de volver a las piscuchas del principio, lo que transformaría el cuento que contamos en un círculo viciado. De todas maneras esto empieza y lo que no decimos  aquí lo diremos más adelante, en los otros relatos…

sábado, 4 de febrero de 2017

En estas andábamos



(Relato)

René Ovidio González

(Sucesos de la vida del escritor, autorizados por el mismo)

A decir verdad nosotros raras veces hemos volado un papelote. La mayor carencia era y sigue siendo el pisto, como dicen los cuscatlánidos, descendientes de lencas y pipiles. Por lo anterior ustedes deducirán que, aunque quisiéramos, la bolsa no daba para comprar piscuchas. Y los periódicos, de los cuales podíamos haber fabricado las susodichas, no estaban al alcance de nuestras raquíticas posibilidades. Nos resignábamos entonces con mucha resignación a mirar de lejitos cómo los otros cipotes, egoístas por no querer prestar las cometas, enviaban mensajes en papelitos que se iban, se iban por la escalerita imaginaria del hilito del que estaba amarradita la piscucha, hasta que llegaban arriba y cada mensaje era recibido con alegría y entonces el cipote dueño del pececillo del aire sonreía, las orejas por límite, con sonrisa de invasor en tierras vírgenes. Algo semejante ocurría con los trompos. En los puestos de las tiendas surtidas del pueblo, ofrecían a criollos y extranjeros, a invasores e invadidos, las “monitas” dormilonas de madera fina de guayabo que daba gusto verlas bailar sin moverse del lugar, bien paraditas y sin hacer ninguna clase de ruido: como si durmieran plácidas el sueño de la placidez. A nosotros nos tocaba como al chinito: solo vela pasal... 

Esto era igual en todo. De manera que debíamos buscar un desagüe justo y preciso: algo que no interesara a otros chicos, o en lo cual tuviéramos cierta ventaja,  una tabla salvadora, salvavidas. Y fue así que empezamos la molotera del fútbol y sus despelotes. Sueños brotaban cual potros salvajes en el guatal, chúcaros y difíciles de amarrar a la estaca. En estas andábamos cuando jugábamos en la calle donde la señora Cruz Martínez. Antes lo hacíamos por donde vivía Erminda Bonilla, que a veces medio manuda, pues empinaba el codo de cuando en cuando, salía totoleca a aventarnos piedras si estaba de buenas, y líquidos hediondos, rezagados, si andaba  los orines revueltos. Entonces salía su vecina la Josefa a reclamarle por su cipote, que qué era ese joder con los bichos que nada le hacían, que siguiera chupando y dejara en paz a los futuros goleadores del Vencedor o del Remolino. Y qué sabemos si más adelantito  jugaban en el Águila, ¡ve pues!, si solo dejar de morirse es imposible, lo demás se puede, haciéndole huevo...

Así las cosas, cambiábamos de estadio a menudo. Jugábamos de seis a seis donde Cruz Martínez. Un tiempo lo hicimos en el solar, adentro, sin darnos cuenta de cómo fue ese suceso. De repente estábamos bajo la sombra de los palos de mango en tremenda gritería. Después nos trasladamos a la calle de don Rosendo Méndez. Igual: mascones del día, equipo perdedor salía y el ganador permanecía. Hasta que Saúl y René Penado se iban y dejaban al equipo patojo y ya no se podía jugar. En ocasiones llegaban Colita Guevara que ya jugaba en Vencedor,  y Chucho Chávez que en esos días jugaba en Remolino; el Gavilán Funes que aún no era gavilán sino, solo, Marenco; Tobías Campos y Luis Sunza su hermano…

De acuerdo: a muchos años de distancia, no podemos asegurar que Funes, Sunza o Tobías participaran de aquel caos futbolero de barriada. En forma esporádica hacíamos contras en la canchita, junto a la ceiba del parque, frente a la Alcaldía Municipal. Un día, nos arrancaron la punta del dedo gordo del pie derecho, el dedo raspó el adoquín, presionado por el pie del adversario, en disputa por un balón dividido.  El mentado gordo se destapó y la tapa quedó prendida de un hilo de pellejo. Con todo y dolor, pegamos el pedazo colgante, lo apretamos y lo sellamos con tierra del parque. Hasta el sol que nos alumbra, no se ha despegado y nosotros contamos la anécdota a los amigos, testimonio vivo de nuestra aguerrida incursión en el deporte de las patadas...

No se asuste señora, son cosas pasadas. Qué hermoso ese poema que dice así: “No se asuste señora, son cosas pasadas”. Y es cierto, lo que narramos son cosas del ayer, pero que no se olvidan. El fútbol no prosperó para nosotros, así que lo desechamos. Vimos pasar el tiempo. Olvidamos sin quererlo a las piscuchas, los trompos, los capiruchos, las chibolas, los yoyos. Aquellos yoyos que regalaba la fanta o la coca, que era la misma mica con diferente cola. Yoyos dormilones con los que se podía hacer “la vuelta al mundo”, “la perrita” y no recordamos qué otros trucos…

Hablando de trucos, debemos mencionar a aquel señor sombrerudo que no dejaba atrás su machete envainado y un gran pistolón y que reía a carcajada limpia, carcajada que se oía en todo el pueblo. Sobre todo cuando contaba sus pasadas, que por cierto aseguraba, eran verídicas. Su nombre cabal: César Aparicio Lagos. Su nombre artístico: César Diablo. Nos contaba el licenciado Alejandro Gómez, que alguien quiso indagar la opinión de don César acerca de su cuento aparecido en un periódico de la capital en dos entregas, escrito por un misterioso Omar Gabrielí, y don César, con toda la seriedad del mundo expresó sin el más mínimo rastro de resentimiento: No hombre: ese chero la jodió, yo le hubiera dado material en paleta, de haber venido a hablar conmigo antes de escribirlo...

Eran tiempos bonitos de la juventud. Tiempos de convulsiones y organización estudiantil, ¡que daban ganas! Eran los años de multitudinarias protestas callejeras y de consignas distribuidas entre los manifestantes. Uno con megáfono preguntaba: “¿Y los gringos?” Y el mar de gente respondía al unísono: “¡A la mierda!” De inmediato el del megáfono soltaba venenosa la otra pregunta de rigor: “¿Y la mierda?” Entonces la euforia desbordaba las expectativas y un alarido colectivo pronunciaba sin vacilaciones la respuesta merecida: “¡A los gringos!” Empezaban a sonar a todo vapor Los Guaraguao, ganando la audiencia a la vieja música ranchera, a las radionovelas (estaban de moda: “Chucho el roto” y “El ojo de vidrio”) y a los escándalos de los hippies. Con los partidos en la cancha de El Vencedor y la fama de algunos que, según radio mercado,  perseguían a los árbitros por manía quebrada abajo. No habían inventado entonces la UMO: Unidad de Mantenimiento del Orden, de la policía, que hoy protege a los réferis y por lo mismo ellos pitan lo que les viene en gana, equivocándose a más no poder. Y a pesar de que ya existía la guardia, los guardias de paisano eran semejantes a los paisanos y se agregaban a la persecución de los enlutados, pues han de saber ustedes que los árbitros se vestían de luto, siempre de luto. Aquello era una verdadera carrera de atletismo por sobre las piedras de la quebrada. Y como el que cerca de bolos anda a beber aprende, un domingo de fútbol, nosotros íbamos a intentar ingresar por la quebrada, sin pagar el boleto de entrada por la entrada legal,  pues ya lo dijimos, siempre andábamos jodidos, cuando vemos venir la estampida de locos que bajaba de la cancha hasta la quebrada y adelante que parecían pijuyos, los pijuyos de negro, que más que correr volaban. En cuanto a nosotros concierne, corrimos aprisa y de vuelta para salvarnos de la turba enardecida...

Continuará…


Fotografía: misviajesporahi.es (INTERNET)