sábado, 6 de abril de 2019

Don Toño



(Cuento)

René Ovidio González

Nos acercábamos haciéndonos los locos. Explorábamos cada espacio: detrás de la ceiba, los lavaderos públicos de mujeres sin indicio de vergüenza, desnudas de la cintura hasta las nubes; los baños mugrientos para pobres, oscuros y con olor a jabón de aceitunas; las pilas, que descritas desde nuestra cortedad de chiquillos decíamos sin saber que eran tanques infinitos… En estas largas pilas aguaban su ganado los campesinos, llegados de la diversidad de cantones y caseríos del municipio. Y en estas mismas pilas probábamos las habilidades acuáticas propias y las ajenas: aquí divertíamos el instinto de nadadores extraviados entre las vacas hasta que alguien anunciaba a galillo abierto la mala noticia:
―¡Don Toño!
Empleado ahí, don Toño se convirtió sin quererlo en habitante sempiterno del lugar. Su aspecto enjuto y la carga de los años, su rostro aindiado heredado de antes y su cabeza entrecana de sombrero vueludo, no habría provocado tanto horror en la cipotada, de no ser por el corvo envainado, inseparable y característico. Lo apodábamos por pura chabacanería con su verdadero nombre prolongado por un apelativo corriente de agua que corre y va corriendo en carreras crecientes a caer al mar: Toño Río. Lo veíamos como un viejito cascarrabias, clasificación derivada de su celo casi obsesivo por mantener a salvo las pilas, que sin duda alguna nosotros utilizaríamos, en el paraíso terrenal o en el paraíso celestial, de piscinas…
Más aún: le causábamos otra incomodidad al anciano: muchas veces usábamos los chorros para las carretas, de duchas sin regadera. Cada tubo expulsaba un borbollón de agua que nos golpeaba; entonces disfrutábamos poniendo la espalda o el pecho. El agua así se desperdiciaba y formaba correntadas que peleaban por llegar lejos, pero que, pasando cerca del Rastro Municipal, iban a dar con supremo esfuerzo a alguna charca podrida de una quebradita conocida.
Debido a la amenaza de los sapos que se inflaban como globos al vernos entrar a los baños para pobres, a veces nos bañábamos en los tanques, al aire libre, rodeados de ganado hostil y peligroso. Pero tanto va el cántaro al agua que casi nos volvíamos terneros, no decimos chivos, por las diferentes y variopintas interpretaciones que pudieran surgir de esta ingenua palabrita, lo que nos obligaría a refutar lo interpretado. Nos veríamos entonces en el penoso caso de recriminar a los malos intérpretes, lo cual provocaría una guerra de explicaciones que tal vez nos crearía enemistades sin necesidad y nos quitaría el sueño debido a nuestra actitud pacifista por naturaleza. Y no solo esto, sino el tiempo deseado para continuar la presente narración que narramos sin pretensiones gramaticales ni lingüísticas rigurosas.
Quisimos decir antes, que las vacas nos empezaban a ver como de la familia, de la propia especie y nos dejaban en paz siempre y cuando no las provocáramos, es decir no nos moviéramos mucho. Aquí entendimos por vez primera y mediante la observación minuciosa que las vacas, y los toros también, no embisten al color rojo por ser rojo, tal fue la creencia que durante años creímos porque así se nos explicaba y por lo que no usábamos camisas rojas, o gorras rojas, o capa roja como la de los toreros, y menos llevaríamos una bandera de oposición a las vacas. Nos convencían que las bestias embisten lo colorado, que sería mejor alejarse de ellas si se anda colorado. Bañándonos entendimos que el ganado arremete contra el movimiento, embiste la movilidad, ataca la inteligencia, por no distinguir el tinte…
Un día, confiados en las antiguas creencias y sintiéndonos de cualquier color menos del color condenado por la opinión pública, empezamos a hacer un relajo lanzándonos guacaladas de agua y chapoteando con las manos en los tanques. Ignorábamos que el vaquero se distraía en los lavaderos, olvidado por completo de su ejército de bravos animales. Las vacas se pusieron de acuerdo y organizándose armaron un cerco de cuernos y de patas alrededor de nosotros, dispuestos los unos a cornear y las otras a patear. Nos asustamos tanto que para contarles el modo de salir de aquel atolladero, tendríamos que mentir, pues no supimos cómo. Don Toño apareció de detrás de la ceiba mofándose de las aflicciones de los chapoteros. Por eso después nadie nos sacó de la cabeza de cipotes sin experiencia, que don Toño fue el autor intelectual de aquel susto del demonio. Decidimos como respuesta vengarnos, y de dos en dos nos íbamos en días propicios a la cita con la venganza.
El proceso seguido el día que nos tocó fue rutinario. Llegamos con Evaristo, revisamos, abrimos bien los ojos para convencernos y estar por completo seguros, y al final lo estuvimos sin temor a ninguna equivocación: no hallamos señales del viejo. Serían las cuatro de la tarde. Pusimos la ropa por ahí y nos investimos del complejo de peces de agua dulce. Competimos a ver quién se mantenía más tiempo sin respirar bajo el agua, quién avanzaba chapaleando más, o quién braceaba con mayor rapidez de aquí para allá o de allá para acá. Nos lanzábamos del muro emulando a Jim de la Selva o al mismo Tarzán de los Monos. En cada clavado sacudíamos la cabeza de manera que el largo cabello empapado salpicara el universo: éramos tarzancitos precoces en tiempos de hambre…
No nos fijamos que el bravucón de don Toño llegó con una velocidad inaudita a nuestros trapos. Nos quedamos helados, pero reaccionamos horrorizados porque el viejito ya iba encima, con la ropita ajena bajo un brazo y con el machete ―envainado, por supuesto― al aire, ansioso de darnos una tunda inolvidable; sus años de viejo nos dieron el tiempo suficiente para emerger ahogados de aquella trampa para olominas y solo alcanzamos a distinguir los rastros revesados de sus furiosos improperios: !óirap sol euq erdam  us ed sojih…¡
Corrimos desnudos por las calles medio desiertas. Corríamos tapándonos las partes avergonzantes, pudorosas, pero destapados del espíritu y por qué no decirlo: molidos por semejante humillación a pesar de nuestros escasos años. Al mirar correr a mi compañero en medio del desorden de la escapada, con don Toño queriéndonos medir la espalda con aquella vaina traicionera, cavé un huequito en los destrozos del acoquinamiento para rellenarlo de humor:
―Tiene corrido de foca…
Solo mencionamos el suceso el instante en que un hermano de Evaristo, a la vuelta de muchos años confirmó el hecho contundente de que los amigos que nos vieron correr desorientados, aún no lo olvidaban y preguntaban por qué la historia no se plasmaba en un cuento. Con mayor razón hoy que se tenía la certeza de que Evaristo no volvería de la guerra, a la que se incorporó con ilusiones indecibles, pero dispuesto a lo que viniera y por desgracia para él, se asegura, vino. ¿O solo fue que fingió todo? Algo huele mal por ahí.
Entonces buscamos con el auxilio de la memoria encantadora el momento preciso que confirmó, adelantándose a las especulaciones, lo que varios ex compañeros de estudio de quien narra y   testigos de la carrera de los pelados, extrajeran de las profundidades recónditas de los recuerdos empolvados:
“Evaristo y yo habíamos ocultado el hecho por largo tiempo. Mas cuando el andar de los años sepultaba los recuerdos rotos en la memoria y era casi inevitable morirse de olvido, mientras escuchábamos la homilía dominical en una radio costarricense de onda corta, en vivo desde Catedral, supimos contra nuestra voluntad que aquel exclusivo momento permanecería vivito y coleando para siempre en las aguas de la memoria unánime:
 ―¡Caramba!- dije nada más porque no hallé qué decir―. Quién lo creería…
Evaristo, atento a la radio todavía, suspendió por un momento su trabajo en la máquina de coser, sonrió sin verme. Luego siguió dándole al pedal…”


 

sábado, 5 de enero de 2019

Leónidas, llamado Jesús


(Cuento)

René Ovidio González

Le decíamos Chompipón, no voy a mentir que cariñosamente, más bien era por incomodarlo. A mí me daba mucha risa verlo correr encogiendo y estirando su cuerpo enorme, en movimiento ondulatorio, cuando jugábamos al fútbol en la cancha de atrás del Instituto Nacional. «Parece chompipe»,  opinaba alguien. «¡Pero un chumpe grandulón!», remachaba otro bromista. En verdad era un gigante, un gigantón inofensivo y llevadero.
     
Cierto es que a Leónidas no preocupaban aquellas chanzas de sus compañeros. Él estaba dedicado a otra faena trascendente y peligrosa: se convertía sin vacilar en insurgente. Había quienes le acompañaban en tal ejercicio formando movimientos de agitación política, sublevando al estudiantado, volanteando propaganda de las organizaciones.
     
Recuerdo aquella vez, yo de trasnochador: iba pasando por un costado del parque y de súbito escuché un soplido apagado y vi una verdadera nube de papeles esparciéndose a mi derredor. Al intentar descifrar lo que ocurría vi a Nel Funes y a Leónidas que escapaban sosegados de la escena. Ambos me hicieron señas para que yo desapareciera.
     
Fue al pasar el tiempo que Leónidas conversó conmigo acerca de sus asuntos. Mostró entera confianza. En varias oportunidades hablamos y en una de ellas yo señalaba estábamos en una banca del parque a pocos pasos del amate inclinado la inconsistencia de un compañero, del que no recuerdo su nombre pero que quizás se llamaba Patricio, pues le decíamos Pato. ¿O era por su manera de caminar y su aspecto típico de palmípedo?

«Mirá, Leónidas», le reclamaba yo. «Si ese Pato fuera rebelde tantito siquiera, no hubiera salido con eso»

El tal Pato abandonó sus rebeldías y de inmediato se metió a una organización burguesa, asociación localista que aludía a lo cultural, pero que en la práctica su rol era promover bailes y recaudar fondos a saber para qué, y que tenía otra forma de ingresar dinero a sus arcas: la sala de billar que funcionaba donde antes fue la Tienda La Palmera…

«Si ese que yo digo tuviera una pizca de consciencia, no estuviera ahí», insistía yo señalando al sitio donde funcionaba el billar. Y vaya usted a saber: por aquello de las carambolas el aludido palmípedo se asomaba a la puerta, echaba sus miradas a la calle, y viéndonos de reojo se hacía el pato. Supuse entonces que Pato era casero del billar, y que lo movía la paga, sería pues una forma de empleo…

«¿Y la lucha qué ondas?» «¿Valió pinga?»

«No lo interpretés mal, yo lo entiendo de otro modo», dijo Leónidas con calma. «Un revolucionario igual que cualquier persona en su vida cotidiana, tiene altas y bajas, requiebros, dudas y obstáculos». «Es probable que a Pato lo hayan amenazado, tal vez su situación monetaria es crítica y necesita tiempo para resarcirse, o será que no logra los niveles de claridad…»

«O es un charlatán o es un vil traidor, así de simple», dije tratando de contrarrestar sus argumentos.

     
Leónidas sonrió, y tras una pausa agregó cogiéndose de su idealismo:
     
«Estamos hablando con él, no sabemos lo cierto», dijo. «De lo que sí puedo dar fe es que si algo nos llegara a pasar en esta lucha que libramos, estando él retirado, Pato va a llorar, te lo aseguro».
     
Un día me di cuenta que los tiempos corrían aprisa al enterarme que Leónidas Bonilla Maravilla, el comandante Jesús, caía con sus ideales al hombro y abonaba de sangre el suelo patrio. 
    
«Chusón ha muerto», me dije, no sin consternación, sintiendo caer en ráfagas de tormenta los versos del cubano Silvio Rodríguez:
                       
                     Supo la historia de un golpe,
 sintió en su cabeza cristales molidos.
 Y comprendió que la guerra
 era la paz del futuro.
 Lo más terrible se aprende en seguida
 y lo hermoso nos cuesta la vida…
  
No sabré jamás si Pato lloró al conocer la noticia de la muerte en combate de Chusón. De lo que sí puedo ser asertor es que tanto Leónidas como otros luchadores por la libertad y la justicia, debieron vivir más sus vidas valiosas. Sus muertes duelen en la profundidad del recuerdo, envueltas en las franelas de la amistad, de la juventud alocada, del sufrimiento lastimero y las privaciones habituales. Pero también de las mofas, las insolencias y los motes agudos lanzados cual dardos de alegría. Recuerdos irrenunciables de tiempos impresionantes.


Ilustración de Fredis González.


sábado, 1 de diciembre de 2018

A lo lejos



(Poema)

José Víctor González

A mi amiga Marta
(San Francisco Gotera)

Más allá de tu sonrisa en calma
ilumina el horizonte tu mirada,
incendiando internamente una alborada
así como se incendia el alma.

Incendio es poesía desde luego
quemando las escorias que fabrica
la pasión que mata y mortifica.

Luz superior que se convierte en fuego
que reduce a cenizas nuestro ego
que libera el alma y purifica.

Después todo brilla como brilla el universo
todo rima y todo gira como entonces,
tu sonrisa que se mezcla entre mis versos
tu mirada regresando al horizonte…



José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.

sábado, 6 de octubre de 2018

Compañera

   


(Cuento)

René Ovidio González

Ella le dio en bandeja las montañas, y las noches frías bajo las estrellas; las tardes mojadas por la lluvia, las caminatas eternas sembradas de abrojos, la sed fatigosa a pleno sol… Compartió generosa con él los pedazos de lo único que quedaba: la utopía.

Aunque sabía hacerla, él adivinaba que ella no había inventado la guerra y que el ardor de sus llagas la agobiaba…

Entonces dijo desbordado por la emoción: «Ven compañera, alivia la carga que llevas, libera un poco la presión de tus botas. Ven compañera, cantaré tu himno y curaré tus heridas…»



Fotografía: de una publicación de Daniel Guevara, en Facebook.


sábado, 1 de septiembre de 2018

A popo chin: una tradición perdida


(Relato)
José Víctor González

Continuación...

Eran un poco más de las diez y media cuando decidí retirarme del lugar para dormir un poco, no sin antes aventarme un par de tamales y una taza de café de palo que ya comenzaban a circular; pero allá por la madrugada, por vivir tan cerca, entre dormido y despierto, hasta mis piadosos oídos llegaban las tristes notas de una canción: “Sombras nada más” ...

Agarré mi cobija y me arropé de pies a cabeza, ya que se decía que muchachitos como yo, no debían andar viendo fallecidos, pues en la noche venía el muerto (o la muerta) y le halaba los pies, y así, <embozado> como estaba, tenía la esperanza que no me pudiera encontrar...

Al día siguiente, durante toda la mañana, en las alas del viento viajaba la música y sus notas llegaban muy lejos; en el medio ambiente circundante se dejaban oír las conocidas notas de aquellas melodías que impactaban el alma: “El amigo que perdí”. “¿En qué quedamos pelona...?” (¿Me llevas o no me llevas...?), “Te vas, te vas…” (¿por qué te vas...?).

Yo almorcé como de costumbre y más tarde me preparé para seguir observando aquel evento que me tenía realmente desconcertado. El viejo reloj de la torre del antiguo Cabildo marcaba exactamente las tres de la tarde cuando decidieron levantar el féretro; pues habría misa de cuerpo presente; sus hijos se aferraban al mismo con el supremo dolor del desprendimiento, mientras afuera ya esperaba la Banda tocando aquella canción cuyo nombre no recuerdo pero que tiene un versito que dice así : “...abrázame fuerte porque me voy”.

A estas alturas yo no sabía quién le dedicaba las canciones a quién, pues parecía que unas iban de parte de los familiares para la fallecida, pero otras parecían venir de parte de la fallecida para aquellos que la rodeaban en vida o los que andábamos de mirones.

Como quiera que la casa mortuoria se encontraba muy cerca del templo parroquial, en cuestión de segundos dio inicio el servicio religioso. La Banda se calló por un momento pues allá arriba, en lo más alto, resonaba majestuosa La tercera Sinfonía...

Mientras dentro del templo se escucha la voz del Padre diciendo entre otras cosas: <Oremos hermanos por el eterno descanso del alma de quien en vida fuera nuestra hermana M. viuda de R., quien se ha quedado ahora dormida en la paz del Señor...> <Hermanos, únicamente el Cristo es quien puede conducirnos de las tinieblas a la luz, de la muerte a la inmortalidad...>,      <Roguemos también hermanos, por todos aquellos que murieron con la esperanza de la resurrección... Señor no mires nuestros pecados sino la fe de tu iglesia...>, <Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la luz y muy pocos son los que lo hallan>, <Hermanos, solamente naciendo el Cristo en nosotros podemos alcanzar la resurrección>. ¡Podéis ir en paz!

La misa terminó, y el cortejo fúnebre se fue a recorrer algunas calles de la ciudad; como se decía en esos tiempos <a dar el último paseo>; la Banda acompañaba solemnemente con una preciosa melodía: “Espérame en el cielo...”

Mientras tanto, una multitud de curiosos se fue formando al final de la cuadra donde estaba la  Escuela de Varones (mejor conocida como “la 14”), entre los cuales estaba yo.

De pronto, allá por la fuente se dejaron ver algunas gentes y se oía el “a popo chin” de los músicos (como solía decir un tío mío), cuando alguien se apresuró a decir: ¡Allá viene ya...!  ¡Allá viene la carroza...! ¡¡¡Ya se acerca la carroza funeral...!!!

Y yo me dije para mí mismo: ¡¡¡Ay, ay, ay, cuánto hiere este dolor musical... !!!

El cortejo funeral pasó lentamente por enfrente de nosotros y se perfiló rumbo al sur; varias cuadras se llenaron y yo seguía tan impresionado como al principio. Sinceramente nunca vi en mi vida tanta gente acompañando un entierro.

El carro fúnebre giró a la derecha una cuadra antes de La Cruz del Perdón y se enfiló rumbo al estrecho puente buscando alcanzar su destino inexorable. Un río de gente iba detrás, en silencio, despacito, muy despacito, cuesta abajo en la pendiente...

Tan lento era su andar que por un momento creí que hasta se habían detenido, pero no, continuaron descendiendo por aquella vía dolorosa; pero la que sí no paraba era la música, pues ante la proximidad del Cementerio Municipal arreció como cuando estalla una tormenta en lo tranquilo de una noche cualquiera, con truenos y relámpagos, haciéndonos estremecer de aflicción en lo más profundo del alma.

Y se destaparon con una seguidilla: “Dolor de ya no verte”, “Pa'qué me sirve la vida”, “Las golondrinas”, “Cruz de olvido”, “Cuando un amigo se va”, “Hasta la tumba mujer”, “Dos coronas a mi madre”, “La retirada”; incluyendo también a “México lindo y querido”.

¡Cuántas canciones para celebrar la muerte! Mientras cuando nacemos solo hay llanto...

Era intensa la emoción tanto como mi oración... sí, porque yo rezaba para que a esos músicos no se les fuera a ocurrir en su frenesí, tocar “Que se mueran los feos”, “La india Motilona”, “Chambacú”, o “El himno a la alegría”, ¡pues ahí, cualquier cosa podía pasar...!

Un carcomido portón de madera nos recibió abierto de par en par en el Panteón, el carro se estacionó al frente del mismo y sacaron el ataúd para ubicarlo enseguida en la entrada y abrirlo por última vez.

Había tristeza reflejada en la cara de las gentes y angustia en todos los corazones; y si te digo, amable lector o lectora, que aquel tétrico portón aun en pleno mediodía inspiraba temor y desconfianza y daba pánico mirar hacia dentro del Camposanto, aunque hubiese sol, ¿me creerías...? Solamente faltaba encontrar en su parte superior aquella frase que halló el Dante a la entrada del infierno: "Vosotros que entráis abandonad toda esperanza...", ¡pero no! Aquí no estábamos a la entrada del infierno ni mucho menos... solamente era la entrada del Panteón Municipal.

Jovis Pater (Padre Júpiter, Jove, Juve, Dios mío) iluminadme... Musas del Parnaso inspiradme para terminar con elegancia este relato...

Y luego, es fácil adivinar el final:

Dramáticas escenas de dolor, llorar a carcajadas, desmayos y lamentos... y yo, para mí mismo pensaba: ¡¡Extrañas gentes son estas...!! ¡¡Extrañas sus actitudes...!! ¿Qué es esto de acompañar un sepelio con canciones...? “Reír llorando” como decía Garrick.

¿Por qué será que los seres humanos vamos riendo donde deberíamos ir llorando y vamos llorando donde deberíamos ir riéndonos...?

Mientras, la Banda seguía con sus arpegios tocando lúgubremente: 'Ya ni llorar es bueno'.
En el horizonte, ya la estrella vespertina asomaba con su luz e inevitablemente había que ponerle fin al evento.

El féretro fue colocado en su sitio final y mi estimado amigo H. M.  quien también era un niño y muy poco entendíamos entrambos lo que estaba sucediendo, parados los dos bajo el árbol de clavellina me dijo: ―La última y nos vamos..., fue entonces que la tan llevada y traída Banda Regimental, decidió ejecutar aquel bello arreglo musical que inmortalizó Germaín de la Fuente y Los Ángeles Negros que dice así:  “Murió la flor...” (y en mí , su esencia se quedó...) ¡Chin Chin...!  



José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.

sábado, 4 de agosto de 2018

A popo chin: una tradición perdida


(Relato)
José Víctor González

   “Dios mío, Dios mío, qué solos se quedan los muertos...”
                                                                                     La Bruyere.

A po po... A po po... A po po… Así decían las gentes de mi pueblo que sonaban los tambores, en lugar del conocido bom-bom, pero en realidad había un tanto de error en la percepción ya que más bien, diría yo, tal sonido era producido por ese instrumento musical conocido como la Tuba, ya que por su forma y tamaño, producía un sórdido rumor que servía de complemento para el resto de sonidos que formaban la melodía total, bien ejecutada por las bandas musicales que nos visitaban.

Era costumbre del Comité de Festejos Patronales traer alguna Banda para motivar a la gente a la alegría de nuestras fiestas, o incluso en algunas ocasiones, venían de parte de sí mismas sin invitación y voluntariamente se hacían presentes en la parte sur del parque central para alegrar las mañanas después de la misa dominical, bajo la centenaria ceiba.

Y es que nací y crecí en una época en donde la alegría y la tragedia se perseguían mutuamente, tanto podíamos estar de un lado como de otro, siendo para nosotros aquello tan cotidiano.

En llegando el mes de diciembre, se sobrevenían uno tras otro, acontecimientos ante los cuales uno jamás podía substraerse; siendo tan así las cosas que ahora me mueve trasladarles un par de relatos.

Gozando todavía de cierta relativa tranquilidad, y digo relativa ya que de repente en cualquier reunión, celebración o fiesta salían a relucir los machetes o pistolas de algún borracho irresponsable que no respetaba vidas ni honras, una noche cualquiera de fin año, mi hermana mayor decidió ir a bailar a los famosos “Tabales de San Benito” Estos siempre fueron una especie de baile popular donde se exhibía una imagen del Santo y ya fuera que te cobraran por entrar o pagaras por canción bailada, el mismo  le servía de solaz a la gente que se preparaba para las fiestas de navidad y año nuevo.

En una de esas ocasiones yo decidí acompañarlas, y solamente mirando me divertía más, pues siendo apenas un doncel no bailaba; cuando de pronto decidí abandonar la algarabía ya que sentí un poco de sueño.

La fiesta se celebraba en la salida del pueblo en casa de la Sra. Gertrudis Aparicio y esta continuó muy animada mientras yo empecé a recorrer las calles que a esa hora ya estaban solitarias; tras de mí quedaron las gentes danzantes que muy alegres gozaban, mientras yo anhelaba fervientemente llegar a casa y reposar un poco; solamente uno que otro perro callejero me encontré al paso y el canto de los grillos me hacía compañía.... allá, arriba, las estrellas me miraban titilantes en su lejanía.

Enfilé mis pasos por esos callejones que conducen al Mercado Municipal, doblé al poniente y luego gire hacia la derecha nuevamente con rumbo norte, cuando alcancé a llegar a la casa donde vivía la Sra. Mauricia Morales, por aquel entonces trabajadora municipal (encargada general de la limpieza del Mercado); dicha Sra. y su hija, me constaba fehacientemente, se habían quedado en el baile antes apuntado; su casa estaba sola y su puerta que daba acceso al interior del solar, bien cerrada; cuando de pronto sin decir agua va, de entre esa misma puerta salió una mujer caminando (no se con cuáles pies ya que no se los vi), pero el verla atravesar la madera sin recibir daño alguno me pareció espectacular; era alta y toda ella era de color blanco, giró su cabeza como para verme (no se con cuáles ojos) tal como si se sorprendiera al coincidir conmigo en el mismo punto... No sé sinceramente quién de los dos se asustó (en realidad no sabría decir si los fantasmas se asustan al verlo a uno de repente); pero como cuando a una persona le preocupan otras cosas y no lo que tiene al frente, como sin darme importancia volteó la espalda y meditabunda siguió su camino hacia dentro del solar para finalmente perderse en la obscuridad como una sombra entre las sombras, mientras yo, aligeré mis pies hasta mi casa dos cuadras adelante.

A pesar de todo, jamás comenté estos hechos a nadie, pues de harto conocía lo supersticiosa que era la gente de esa época; tampoco me dio fiebre ni cosa por estilo, ya que algo había leído al respecto a una edad temprana y traduje dicho acontecimiento de acuerdo a lo aprendido. Ya había yo tenido experiencias similares anteriormente, pero haber leído un libro titulado “Mirando al misterio” me dio una idea exacta de dichos fenómenos y me permitió reaccionar adecuadamente ante tales circunstancias.

A pesar de todo, yo estaba un tanto arisco por aquellos hechos que en derredor mío se suscitaban, sin saber que iba a ser sorprendido una vez más por la vida... (¿O por la muerte...?)

Ya íbamos casi a la mitad de la década del setenta cuando muy cerca de casa, donde de forma sencilla vivíamos como familia, falleció una agradable ancianita muy querida por todos; dicha señora gozaba ciertamente de una buena posición económica en la Ciudad y su deceso fue verdaderamente un acontecimiento para el pueblo, ya que se consideraba ser la persona que mayor edad había alcanzado en ese tiempo dentro de la comunidad.

Como dicha Sra. ya casi alcanzaba el siglo de vida, yo andaba pensando, en mi cabecita infantil, que había personas que venían a este mundo para vivir por siempre, mas cuando me enteré de su muerte me dije: Así que no hay excepción, todos nacemos para un día morir...  vaya...!  vaya...!

La noticia corrió como pólvora encendida por todas las calles y los “agencios” propios del velatorio no se hicieron esperar; los preparativos para el mismo incluían la contratación de una Banda musical que acompañara semejante circunstancia y he ahí, lo que me llamó poderosamente la atención: ¡¡¡Morir contento...!!! ¿Qué cosas, no? Este había sido el último deseo de la fallecida y no quedaba más remedio que cumplir. Algunos familiares y allegados se ofrecieron para ir al Destacamento Militar más cercano y hacerse de los servicios de la conocida Banda Regimental, que ya muy frecuentemente nos visitaba como lo menciono renglones arriba.

El sol se ocultó en el poniente como una inmensa brasa que se apaga lentamente, más triste que de costumbre dando paso a la obscuridad de la noche; enseguida, el ataúd fue ubicado del lado norte de la espaciosa y aireada sala de aquella casa señorial. Las gentes comenzaron acercándose para ver en qué podían ayudar, la Banda también llegó muy rápido y empezó a afinar sus instrumentos en medio de mi asombro. 

De pronto, aquel ambiente lleno de dolor se inundó con las primeras notas de una canción: “Esta noche la paso contigo” de Los Ángeles Negros. Las gentes que iban llegando se entusiasmaron y comenzaron, en voz baja, a pedir o a sugerir algunos títulos de composiciones de moda en esa época... y en menos de media hora los músicos se “despacharon” con varias de ellas, claro está, complaciendo a quienes los rodeaban, tales como: “Llorarás, Llorarás”, “Cuatro cirios”, “Grítenme piedras del campo”, “Guitarras, lloren guitarras” (Violines lloren también); “Te vas ángel mío” (ya vas a partir); “Sufrir”.

Yo me quedé verdaderamente frío, estupefacto, y no sabía definir si había comenzado una velación... ¡o una fiesta! 

Continuará...


José Víctor González es colaborador de La piedra encadenada.

sábado, 7 de julio de 2018

Juventud

 

               (Poema)
      
      René Ovidio González

Éramos jóvenes
cuando la augusta utopía palpitante
de un mundo mejor
era una roja flor fresca y abierta
Cuando el amor por la humanidad
vestido con traje de domingo
nos empujaba a la brega impetuosa
y lidiábamos
haciéndole mil muecas al miedo
Éramos jóvenes
cuando moríamos de risa
ante decrépitos dictadorzuelos
ahogándolos de furia
Éramos jóvenes alocados y lúcidos
con banderas flotantes
con aclamaciones atrevidas
con canciones y poemas sediciosos
Éramos jóvenes
cuando incubábamos
el propio nuevo ámbito superior
y ganábamos el pulso al tiempo y al olvido
Éramos jóvenes
                 campeones en la pelea de la vida



La fotografía que acompaña la publicación es del autor, de tarde junto a un río, con juventud en abundancia. Usaba el cabello largo, escuchaba a Los Beatles y desde ya era acechado por los gendarmes del poder, quizás porque sus ideas las expresaba a quien quisiera oírle, quizás porque para un teniente del ejército de apellido Batres, el profesor despertaba sospechas. El acto de pensar y hacer pensar a otros era entonces ─y sigue siendo hoy día─ un atentado a la estabilidad gozosa de este país de maravillas y a su flamante democracia. En varias ocasiones el joven docente y novel escritor, con ayuda de habitantes de la zona evadió el asedio del rabioso militar…